Es una de nuestras experiencias misionales, ocurrida en Argentina en la Diócesis de Añatuya, en la Parroquia  San José de la Tinajas, departamento  Moreno – Provincia de Santiago del Estero,  El año 1988, en un pequeño pueblo llamado San Martín. Sus pobladores, con mucha fe y entusiasmo, habían logrado construir su capilla. Sin embargo, había un detalle que todavía faltaba: ¡tener la imagen del santo que daría nombre y protección espiritual a aquella comunidad!

Justamente una Madre de la comunidad tenía que viajar al Perú porque le tocaban sus vacaciones, se ofreció generosamente a conseguir la imagen y, pensando que el patrono del pueblo era san Martín de Porres, se puso manos a la obra. Después de las gestiones correspondientes.  A su regreso se congregó a los pobladores, llegó el momento de presentar la imagen a los pobladores. Allí estaba san Martín de Porres, el santo peruano de la escoba, de la humildad y del amor a los más necesitados.

Todo parecía estar resuelto, hasta que una anciana, después de observar atentamente la imagen, intervino con la sencillez y seguridad de quien guarda un recuerdo muy especial:

—Pero… nosotros teníamos un cuadrito del santo, y él era blanco y estaba montado en un caballo.

¡Imagínense nuestra sorpresa! Nos miramos unos a otros y comprendimos que algo no coincidía. ¡Nos habíamos equivocado de santo!

La buena señora, sin proponérselo, nos había dado una pista decisiva. El santo que ella recordaba era san Martín de Tours, representado tradicionalmente como un soldado romano a caballo, compartiendo su manto con un mendigo. ¡No era san Martín de Porres!

Ante aquella inesperada situación, comprendimos que no bastaba con suponer como peruanas, ni decidir por los demás. Era necesario escuchar, conocer la historia de la comunidad y discernir juntos. Por eso, contamos a los pobladores la historia de ambos santos: san Martín de Tours, conocido por su caridad y por compartir su manto con un pobre, y san Martín de Porres, nuestro querido santo peruano, ejemplo de humildad, servicio y amor sin distinción de personas.

Después de escuchar ambas historias, llegó el momento de tomar una decisión. ¿A cuál de los dos santos elegirían como patrono de su capilla? Se realizó una votación y, para nuestra alegría, los pobladores eligieron a san Martín de Porres.

¡Y así, terminamos celebrando una elección consciente y compartida! una lección de humildad, escucha y comunión. Porque, al fin y al cabo, los caminos de la misión también están llenos de sorpresas… A veces, una persona anciana, un recuerdo guardado en el corazón o una conversación sencilla pueden cambiar el rumbo de nuestros planes.

Con el tiempo, aquella anécdota quedó como un recuerdo entrañable de la misión. La actividad evangelizadora no consiste en llegar a un pueblo creyendo que lo sabemos todo, sino en caminar con su gente en la misión, escuchar a las personas y descubrir juntos la voluntad de Dios.

 

 

 

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