A LA MADRE DE UN SACERDOTE

“Desde siglos atrás, el pueblo católico ha consagrado el mes de mayo a aquella Mujer que es la «bendita entre todas las mujeres», el orgullo y la gloria más grande del género humano, siendo como es la Madre de Dios y a la vez la Madre de todos los hombres.  Dentro del «Mes de la Madre» que pertenece a nuestra Madre celestial, señalamos con mucha razón un «Día de la Madre» a nuestra madre terrenal, acordándonos de ella con el cariño y la gratitud que de cada uno de nosotros merece aquella mujer que ha sido o es en esta tierra su «madrecita». Las siguientes breves palabras las consagro hoy a mi propia madre, a la cual tengo el derecho y la dulce satisfacción de honrar con el glorioso título de «Madre de un sacerdote». Y no son estas palabras que le dedicó de imaginación poética, son la pura verdad. Y las depongo con profunda reverencia y cariñosa gratitud como unas modestas flores por el Día de la Madre sobre su tumba lejana.

            Hace ahora justamente 30 años. Era una tarde del mes de mayo, unos días antes de mi cumpleaños. De eso hablábamos mi madre y yo, que estábamos solos en la casa. Ella me hizo unas preguntas por las que comprendí que había sospechado algo de mi secreto, del secreto de mi vocación que desde hacía tantos años yo acariciaba y guardaba. Al fin tuve que contestar y dije sin rodeos: «Sí, mamá quiero ser sacerdote».

            Había revelado mi secreto. Siguió un silencio profundo. Desapareció la sonrisa que un instante antes había alegrado el rostro de mi madre. El silencio se me hizo muy largo. Todo me daba la vaga impresión como si hubiese entrado en el cuarto algo de sagrado que hubiera quedado flotando en el ambiente. Era casi, así como cuando en la Misa ha llegado el momento de la consagración.

            Noté que mi madre no me miraba, que su mirada se perdía a través de la ventana en el crepúsculo. Su cara me parecía tan solemne como nunca la había visto igual. ¿Es que también ella sentía algo así como de consagración? ¿Se sentía quizás como tocada por Dios y bendecida, una vez más bendecida por causa mía? ¿Quién puede saber qué ideas tiene una mujer cuando vislumbra por primera vez en la lejanía el honor bienaventurado de ser algún día madre de un sacerdote? Tal vez veíase de rodillas ante su hijo sacerdote, que en otro tiempo había jugado sobre sus rodillas, niño, tranquilo, feliz. En aquel entonces ella había juntado sus manitas para las primeras oraciones. ¿Sentía quizás ahora sobre su cabeza, las manos ungidas de su hijo para recibir la primera bendición sacerdotal? ¿Pensaba en la Reina de Mayo, y la Reina del clero que fue la primera madre de un Sacerdote, Madre del sumo Sacerdote Jesucristo, Madre modelo de todas cuantas desean ser o son Madres de un sacerdote? ¿Tal vez presentía algo de lo mucho que en oraciones y sacrificios le costó a la Madre de Jesús y le cuesta a la madre elegida de un futuro sacerdote el acompañar a su hijo a la subida del Monte Santo del Sacerdocio? ¿Es que se dio cuenta de que para ella había comenzado una vez más un tiempo de esperanza y espera tan sagrado para una madre? Pero esta vez sería un tiempo de espera mucho más largo que aquella primera vez.

            Nunca me dijo nada de lo que había pensado y soñado aquella hora inolvidable para mí. Todavía veo deslizarse sobre sus mejillas unas lágrimas, pero pronto se controló. Volvió la sonrisa a su rostro, me miró y sólo me dijo: «Bueno, vamos a ver».

            Me retiré para dormir. Durante varias horas no pude conciliar el sueño. Siempre tenía que pensar en mi madre.  Veía su cara, su mirada pensativa y perdida en la lejanía; esas lágrimas brillantes. Tiempo atrás, de un sermón, me había grabado en la memoria la frase «corona del sacerdocio». Y entonces me parecía ver a mi madre con una corona, la de la gloria de ser «Madre de un sacerdote».

            Siguieron varios años de estudio. Todo marchaba bien. Había las alegrías tan puras que le da al joven el avanzar, el acercarse a la meta lejana, pero impacientemente anhelada.  Sabía muy bien que constantemente me acompañaban los anhelos y desvelos, las oraciones y sacrificios de mi madre.

            Se ha dicho que no habrá vocación sacerdotal auténtica que no haya sido probada. Vino para nosotros la prueba, dura y amarga: mi salud dejó mucho que desear, y por último tuve que interrumpir los estudios. Los médicos me aconsejaron: «no estudie más: deje esta idea de ser sacerdote». Mis superiores compartían la opinión de los médicos. No así mi madre ni yo.

            Sin embargo ¿Qué hacer en situación tan crítica? La oración era entonces el único refugio de mi madre tan apenada. Yo seguía su ejemplo. He rezado mucho en aquel apuro, es verdad, pero mucho más rezaba mi madre. Y ella no sólo rezó; hizo algo más. Lo supe años después.

            Perdí dos semestres de colegio y sin haber logrado una mejoría notable en mi salud comencé de nuevo los estudios. Había quienes me lo reprochaban como imprudencia. Mi madre no dijo nada. Me dejó a mí solo la decisión. No sé si mi resolución estaba motivada por la confianza en Dios o por temeridad; quizás ni por lo uno ni por lo otro., sino más bien por las oraciones de mi madre.

            Para mí mismo y para los demás era una gran sorpresa ver que todo marchaba bien.  Los siete años de estudios que me faltaron, los cursé sin volver a enfermarme en lo más mínimo. Ni falté a una sola hora de clase durante todo ese tiempo.

            Pero cuatro años antes de mi ordenación de sacerdote cayó enferma mi buena madre y murió. Un sacerdote amigo de nuestra familia que había conocido muy bien a mi madre, me escribió entonces expresando su pésame: «Ud. le debe a su madre, en cuanto a su vocación sacerdotal, mucho más de lo que Ud. Sospecha». Yo le contesté en estos términos: «No sé cuánto sea lo que yo le debo a mi madre, pero estoy plenamente convencido de que yo no vestiría la sotana negra si no estuviese ella ahora con la mortaja blanca».

            No podía dudar de que ella había hecho un sacrificio supremo en aquel tiempo, cuando vimos alejarse tanto y casi desaparecer en nebulosa incertidumbre nuestra gran esperanza. Junto con sus oraciones, le ofreció a Dios su vida, diciéndole que me hiciera llegar a mí al sacerdocio, contentándose ella con no ver en este mundo el día del sagrado triunfo, que también habría sido triunfo suyo, y que tanto anhelaba. Dios aceptó su sacrifico. Arriba donde está ella, la Reina de Mayo y Reina del clero, al lado del sumo Sacerdote Jesucristo, allí lleva también ella la corona de aquella gloria que es la más alta con la cual puede ser honrada una mujer, la gloria de ser «madre de un sacerdote»”.

(Esta charla fue dada por el Siervo de Dios, Monseñor Federico Kaiser Depel, MSC, el «Día de la Madre» en 1947 por una emisora radial limeña)

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