VIDA

El Siervo de Dios, Mons. Federico Kaiser Depel MSC nació en Dülmen, Alemania, el 24 de mayo de 1903. Como buenos católicos sus padres, Josef y Wilhelmine, le hicieron hijo de Dios al tercer día de su nacimiento bautizándole con el nombre de Federico Augusto. Tan hondo caló en él la verdad de la filiación divina que recordaba como natalicio, no la fecha de su nacimiento, sino el 27 de mayo, día de su bautismo.

Ambiente familiar

Fue la madre la que supo inculcar en su alma el grande amor a Dios que practicó desde niño y que con el transcurso de los años y su cooperación con la gracia fue forjándose cada vez más. De su padre heredó también la pasión por la lectura.

De inteligencia vivaz y observadora, desde muy pequeño descubrió el don de la vocación que Dios le había concedido.

Un día vio llegar a casa, al Sacerdote que visitaba a su abuelita enferma. Muy gratamente le impresionó este personaje que conversaba con la anciana en tono cordial y afable. Siempre que llegaba, el pequeño Fritz, como todos le llamaban, corría a darle su manita. A la admiración siguió la amistad. ¡Cómo le agradaban las palabras amables y alentadoras que le dirigía el Sacerdote!

Hondamente grabado le quedó también el solemne y sagrado momento cuando la abuelita recibía la Comunión de manos de aquel Sacerdote. A un lado su madre de rodillas y él también junto a ella. Entonces una idea asomó a su cabecita y dijo para sí: ASÍ COMO ÉL QUIERO SER YO.

Era Federico aún estudiante cuando llegó a sus manos una revista de una Congregación misionera en la cual leyó con entusiasmo que en la ciudad de Hiltrup había un convento y allí podía prepararse para ser misionero; pronto los relatos misioneros encendieron sus ideales juveniles. Pensó que iría de misiones a China, Oceanía tal vez, y así su vocación quedó definida: ¡Sacerdote y Misionero!

En el crisol de la enfermedad

El 5 de enero de 1919 ingresó en el preseminario de los Misioneros del Sagrado Corazón de Hiltrup, donde hizo los estudios secundarios, con el latín, francés y griego, que él aprendió con gran facilidad.

Siguieron varios años de estudio, todo marchaba bien. En su alma bullían las alegrías tan puras que le dan al joven el avanzar, el acercarse a la meta lejana e impacientemente anhelada.

Sabía que constantemente le acompañaban los desvelos, las oraciones y sacrificios de su querida madre.

Se ha dicho que no hay vocación sacerdotal auténtica que no haya sido probada. Por motivos de salud, dos veces hubo de dejar su querido noviciado. Sufrió lo indecible.

Sin embargo, cuántos más fuertes eran los obstáculos, su recia voluntad, cual raíces del roble ante las tormentas se hundía cada vez más en la fe y confianza en Dios.

Después de algunas tentativas fue aceptado nuevamente en el convento. Hubo de reiniciar otra vez el noviciado, lo hizo con el alma henchida de felicidad, pero físicamente bajo de peso y con cierta debilidad.  Le acompañaba entonces esta ferviente oración: “Dios mío, que todo vaya bien esta vez, que yo llegue a los Votos y después adelante” Y su ruego fue escuchado.

Siguieron los años de la filosofía y teología sin enfermarse una vez. Nunca dudó que esto era un don divino alcanzado por la intercesión de la Beata Ana Catalina Emerick, a quien recurrió durante su enfermedad y la ofrenda de vida que hizo su buena madre para que el hijo llegue al sacerdocio.

 Federico fue un excelente estudiante y entre las materias consideró la Biblia como lo más importante de sus estudios teológicos. “La Biblia llegó a ser para mí una pasión casi invencible”, señaló más tarde.

Sacerdote para siempre

El 10 de agosto de 1932 fue ordenado sacerdote en la catedral de Paderborn. Ya de sacerdote presentó a tiempo su solicitud para ir de misiones a la China, y si esto no fuese posible, podría trabajar en Oceanía o Norteamérica, donde su Congregación MSC tenía ya varias parroquias.

Pero sus Superiores decidieron que se preparara a la tarea de maestro de retiros, cosa que no llegó a cristalizarse, pues pronto fue enviado a la casa central como asistente en la administración provincial. Todas sus ilusiones de misionero se desvanecían. La pregunta que entonces le pesaba como una montaña era si alguna vez podría ir a lejanas tierras en busca de almas para Cristo.

Más tarde cuando los nazis se llevaron prisioneros al Superior provincial y Administrador provincial se hizo cargo de la administración provincial. Sus días transcurrían entre el púlpito como predicador y en la oficina; no se daba tregua para servir a todos con una caridad exquisita.

Misionero en el Perú

En 1938 viajaron por primera vez dos Padres MSC al Perú. El Padre Federico como Administrador, les procuró las cosas que iban a llevar. Los acompañó hasta el barco y allí los despidió. Vio alejarse el barco hacia altamar donde iban sus hermanos y también sus ilusiones misioneras. Del Perú llegaban buenas noticias y sobre todo el aviso que necesitaban refuerzos. Cuánto se alegró cuando su superior le comunicó que el próximo en ir al Perú sería él.

El barco arribó al puerto del Callao-Perú, el 21 de abril de 1939. El Padre Federico llegaba con el corazón desbordante de amor por las misiones, anhelante de ganar almas, almas para Dios.

Muy pronto el padre Federico quedó conquistado por el sencillo y acogedor pueblo peruano, que con su hambre de Dios le ganó el corazón, al punto que a las pocas semanas de su llegada dijo a sus hermanos: “la nueva patria me gusta. Aquí me quedo y me nacionalizaré peruano. Aquí quiero trabajar y morir.Primeras experiencias misioneras

En los primeros años en Lima realizó misiones, por los barrios pobres del cercado.

En 1939 fue enviado por algunos meses a Huánuco, donde trabajó como director espiritual en el seminario. Después, por casi un año se desempeñó como vicario cooperador en una parroquia de Ica.

El 26 de febrero de 1944, Monseñor Pascual Farfán, Arzobispo de Lima, dio título de viceparroquia a la capilla pública anexa a la comunidad de los Padres MSC, denominándola viceparroquia de San Felipe, ellos hubieran querido que llevara el título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Fue nombrado primer vicepárroco de la misma el Padre Federico quien la regentó hasta 1948. Trabajó incansablemente, feliz y fervoroso, pues tenía una vasta grey que no le dejaba tiempo de reposo. Pronto se dio cuenta que la pequeña capilla no daba abasto para toda su feligresía e inició la construcción de un nuevo templo.

Mas, si ante sus fieles aparecía sonriente y con una amabilidad sin par, muy dentro de sí, oculto con el fino velo de la sonrisa, llevaba el dolor que le ocasionaba la segunda guerra mundial. Conocía muy bien los horrores de la guerra, pues de niño había experimentado la angustia y terror de la primera guerra mundial. Imposible no sufrir por los suyos ahora, pero puso toda su esperanza en Dios e hizo esta oración a Dios: “Un arreglo por favor, Señor, yo me ocupo acá de TUS asuntos y Tú te ocupas allá de mis asuntos”. Así recobró la paz y siguió trabajando sin desmayar en sus tareas pastorales. Dios respondió perfectamente, toda su familia se salvó.

Durante su larga estadía en Lima, el padre Kaiser fue asesor de la Acción Católica de la juventud femenina, a nivel arquidiocesano y nacional (entre los años 1950 a 1956); impulsó el movimiento bíblico y fue su apóstol. Además, dictó cursos de teología bíblica en el Instituto Riva Agüero de la Universidad Católica de Lima. Escribió varios libros sobre la Palabra de Dios y trabajó como confesor, director espiritual y de retiros en varias congregaciones femeninas.

En medio de toda su labor pastoral en Lima su corazón sacerdotal sufría por otras almas que no eran de su feligresía pero que tampoco eran de otros, es decir por aquellos que viven en la lejanía donde no llega un sacerdote. Nunca pudo olvidar las palabras de aquella señora en Ica, que después de haberse confesado la vio llorar fuertemente en la iglesia. Al preguntarle el motivo de su llanto escuchó su queja: soy de allá arriba, de los Andes. Allá no tenemos un sacerdote. Allá moriré un día como los demás, sin sacerdote, sin confesión, sin comunión, sin extremaunción. El Padre Federico entendió estas palabras como el grito de los Andes que clamaba por sacerdotes.

Quería hacer llegar a todos el amor de Cristo, así organizó misiones en el sector vecino a su parroquia, Lobatón y les prometió hacerles también una iglesia. Y lo cumplió: el Santuario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

A principios de 1957 fue nombrado Administrador provincial y superior de la comunidad de Lima. A fines del mismo año Roma le nombró primer Prelado de la nueva Prelatura de Caravelí.

 

El 8 de marzo de 1958 llegó a Caravelí y dio inicio a la gran obra de su vida. Encontró muy poco en Caravelí: una catedral semi destruida, pocos sacerdotes, ninguna religiosa, mucha hambre de Dios. Sin perder el tiempo visita toda la Prelatura llevando la gracia de Dios a través de los sacramentos sin importarle las fatigas por aquellos caminos intransitables. Se dio cuenta de la necesidad urgente de más sacerdotes. Los buscó primero por Europa.

Al mismo tiempo construyó el preseminario en Caravelí, un jardín de infancia que más tarde se convirtió en escuela, la catedral y la sencilla casa prelaticia donde vivía, un convento para las Madres Misioneras del Sagrado Corazón, un tópico donde las Madres atendían a la gente, una represa de agua para ayudar a los campesinos, etc. Pero el clamor de los Andes no cesaba.

 

Entonces concibió la idea de fundar una Congregación religiosa cuyo fin especial sería la de compartir el abandono de la gente y mitigar el hambre de Dios, mediante la enseñanza de las verdades religiosas, la celebración de la Palabra, administración del bautismo, asistencia a matrimonios, atención a enfermos y moribundos, formación de catequistas, es decir, todo aquello para lo cual no se requiere el orden sagrado. Y el 22 de junio de 1961 erige la Pía unión de las Misioneras de Jesús Verbo y Víctima, nombre tomado de su insignia como Prelado y que ratifica en su consagración episcopal, que resume la espiritualidad de su fundación: llevar una vida consagrada a Jesús Verbo y Víctima en Caridad docente y penitente.

Desde 1962 a 1965 Mons. Kaiser participó activamente en las cuatro etapas del Concilio Vaticano II. Allí hizo un dramático pedido: Sacerdotes para donde no los hay.

Con gratitud a Dios mira el crecimiento de su fundación y el 25 de marzo de 1971 la hace Congregación de derecho diocesano. La joven creación despliega su labor misionera en la Prelatura de Caravelí y en otras diócesis del Perú. Ese mismo año, debido a su dolencia cardíaca, que no le permitía hacer sus visitas pastorales obligatorias para todo Prelado, pide al Santo Padre su dimisión. Su Santidad aceptó su renuncia y el 25 de mayo de 1971 cesó su labor de Ordinario de la Prelatura de Caravelí.

 

A partir de entonces se dedicó íntegramente a la formación de sus religiosas con la ayuda de Madre Wilibrordis, quien le acompañó desde el inicio de la fundación. Es la época de oro del Siervo de Dios en la que, a través de sermones, retiros, conferencias y escritos, como la hermosa alegoría del Rey Amor, plasma toda su riqueza espiritual dejándola como legado a sus hijas. El 14 de setiembre de 1982 Roma eleva su fundación de Misioneras de Jesús Verbo y Víctima a Congregación de Derecho Pontificio.

En enero de 1988 sufre un ictus cerebral que le atacó el centro del habla, entonces se hace realidad lo que antes había dicho: Después de haber hablado tanto a los hombres de Dios ahora hablaba a Dios de los hombres. Pero pone todo su empeño en aprender de nuevo a leer y escribir y grande fue su alegría cuando en setiembre del mismo año pudo celebrar de nuevo la Santa Misa y así diariamente hasta el 26 de setiembre de 1993 cuando el Señor le llamó para sí.

Era un domingo y mientras que en las diversas parroquias se daba inicio a la semana bíblica; él que tanto amó a Jesús enletrado, ya no necesitó de la Biblia para seguir conociendo a Cristo, pues le veía ya cara a cara. Fue sepultado, según su voluntad, en el cementerio del pueblo, en medio de sus hijos caravileños.

En el 2003 sus restos fueron trasladados al Cenáculo de Caravelí,  Casa Madre de las Misioneras de Jesús Verbo y Víctima.