Misioneras en acción

¿A qué edad se comulga?

Entre montañas verdes se encuentra la iglesia de San Antonio. Allí celebramos diariamente la Liturgia de la Palabra e impartimos la Santa Comunión.

Todas las noches, aunque reciba reproches, viene Juancito de 6 años, a la iglesia. Un día Juancito observa con atención la fila de las personas que van a comulgar y después de corta reflexión me dice: -Madre, voy a comulgar. Camina un par de pasos decidido hacia la fila. Yo le detengo diciendo: -Juan, aún no tienes edad para comulgar. Entonces me pregunta curioso: ¿Qué edad debo tener? Yo le respondo: -cuando cumplas 9 o 10 años podrás comulgar. Nuestro pequeño amigo señalando a cada una de las personas que regresaban de comulgar iba preguntando: ¿y cuántos años tiene el tío? Yo respondía: debe tener 60, pero Juancito vamos a guardar silencio.

-y la tía ¿cuántos años tiene?

-Creo que 40, pero no se habla en la iglesia.

-La última, Madrecita, ¿la tía cuántos años tiene?

-Seguro que 50.

– ¿Y la abuelita?

– No lo sé, pregúntale tú.

Juancito fue corriendo a preguntarle, yo solamente escuché que la abuelita dijo:  ¡qué muchacho, vaya por allá!

Juancito vino hacia mí y me dijo: -Madre, la tía abuelita no quiere decirme cuántos años tiene.

Madre María Caterina MJVV


Mi primera experiencia misionera

Y oí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí: Heme aquí; envíame” (Is 6,8)

Estas palabras de Isaías seguramente han resonado en el corazón de cada misionero cuando fuimos enviados a nuestras misiones. Allí, alejados de todo con mucha ilusión y a veces también con un poco de temor, comenzamos a vivir nuevas experiencias. En algunos pueblos nos sentimos como Pablo en medio de los Filipenses; en otros, en cambio, como ovejas en medio de lobos. Pero cada paso que damos sentimos que no estamos solas, hay alguien que está a nuestro lado: “Aquel que nos envía”.

Mi Primera gira misionera, despertó en mí un gran entusiasmo, pues, fue en un pueblo que no habíamos visitado por mucho tiempo y que ahora teníamos que reconquistar, pues, la mayoría de sus habitantes se encontraban ya sumergidos en el error del sectarismo.

Nuestro Centro de misiones, “Cañaris”, tiene la atención pastoral de 108 caseríos, cuyas distancias son muy variadas unas de otras. La geografía accidentada, los caminos de trocha y las frecuentes lluvias provocan derrumbes continuamente que malogran las carreteras de trocha e impiden visitar con más frecuencia todos estos poblados. Para llegar a los lugares más distanciados con la camioneta, tendríamos que ser “expertas en el arte de conducir”, por la accidentada geografía que presenta el lugar. Por esto, organizamos nuestras visitas a aquellos lugares, viajando en vehículos de gente de la zona, que tienen camiones o camionetas donde transportan víveres.  A veces hacemos uso de las acémilas que nos proporcionan nuestros catequistas.

Cada año se visitan tres o cuatro pueblos en tres fechas diferentes, según se organiza la visita Pastoral de Mons. Robert Prevost.  Durante ese tiempo, vamos casa por casa catequizando a las familias, realizamos la Celebraciòn de la Palabra y en especial nos dedicamos a la preparación de los niños y jóvenes a los sacramentos de primera comunión y confirmación.

Yo visité un pueblo llamado “Cangrejera”. Para llegar a este pueblo tenemos que bajar hasta la ciudad de Motupe, es decir, unas cuatro horas en camioneta; en Motupe esperamos algún vehículo que sale mayormente en la madrugada, en él viajamos una hora y media más, si no hay lluvia, de lo contrario hacemos tres o cuatro horas más. La Cangrejera es un pueblo con sólo 50 familias, la mayoría son agricultores y las casas están muy distanciadas una de la otra. La altura que tiene es de 2 994 msnm. Para mi sorpresa es un pueblo que tiene escuela primaria y secundaria, por esto van muchos jóvenes de otros pueblos más pequeños.

Parar anunciar nuestra visita, enviamos un oficio unos meses antes al Alcalde. Como supimos más tarde, este comunicado nunca llegó. Cuando llegamos en el mes de junio, muchas personas se alegraron al volvernos a ver por el pueblo. Las autoridades, en cambio, se sorprendieron por nuestra visita, ya que no habían organizado nada. Simplemente dijeron que no estaban enterados de nuestra visita. Gracias a Dios, se encontraba en el pueblo la directora del colegio secundario y algunos profesores; ellos nos acogieron y adaptaron la oficina de la dirección del Colegio para alojarnos.

En la noche preparamos con ella un plan educativo para los jóvenes. Al día siguiente, la directora había organizado, ya algunas horas, pero, nos informó que la mayoría de alumnos eran de la secta “La Cosecha”. Para nosotras eso no fue una dificultad, muchos de ellos estaban dispuestos a escucharnos y se mostraron abiertos a nuestras palabras. Pero, los días que sucesivos, los padres de familia que pertenecen a esa secta no enviaron a sus hijos al colegio para que no escuchen la catequesis. La misión se volvía difícil. Nos cerraban las puertas de las casas y nos miraban con desconfianza, como si “alguien” no quisiera que estuviéramos allí.

Nosotras no nos dejamos intimidar, al contrario, con todas nuestras fuerzas nos empeñamos en ayudar a esos niños y jóvenes que son víctimas de esas ideas erróneas. Estos sectarios son muy acérrimos y tienen ideas muy inhumanas, por ejemplo: Dicen que sus hijos no necesitan estudiar; es Dios quien les da la sabiduría. Piensan que Dios los cura milagrosamente a través de un agua que el pastor de la secta con engaños les vende, por esto no aceptan medicina. Para ellos las mujeres no tienen valor y casi las tratan como esclavas.

En esta penosa situación, pasamos nuestra primera visita en el pueblo con sinsabores y dificultades, pero también con alegrías cuando comprobábamos que la visita estaba dando fruto. Sabíamos que nuestra palabra si no iba acompañada de oración y penitencia no valía nada, por eso redoblamos nuestros sacrificios para así poder ayudar mejor al pueblo.

En la segunda visita misional, dos meses después, viajamos como de costumbre a Motupe para poder tomar el camión. Cuando llegamos, el chofer nos dijo que no había lugar en la cabina. Teníamos que esperar a que terminen de cargar los víveres que tenían que vender a los pueblos, “si queríamos ir”. Estuvimos esperando más de media hora. “Todo estaba lleno”. ¿Dónde había lugar para nosotras? Pasamos la vista a todo y verdaderamente todo estaba lleno de víveres. Ante esta situación, nos vimos obligadas a subir a las maderas que atraviesan la parte alta del camión. Allí viajamos como dos pajaritos sentadas y cogiéndonos muy fuerte de los palos; íbamos queriendo pasar rápidamente la pista y adentrarnos en el monte para que nadie nos vea.

Al llegar, volvimos a encontrar el mismo ambiente desolador. Muchas familias nos cerraban las puertas. Pero, poco a poco en nuestras visitas a domicilio, fuimos encontrando familias católicas, las cuales vivían lejos y ocultas, viven así por temor a las burlas y evitar cualquier problema con los sectarios.

En el colegio también fue cambiando la situación, varios jóvenes católicos iban perdiendo el miedo y la vergüenza de manifestar su fe. Ellos querían recibir los sacramentos; incluso los jóvenes que eran sectarios mostraban interés por saber más, pero, reflejaban en sus rostros cierto temor como si alguien los estaba vigilando.

Como ganamos la confianza de los jóvenes, se acercaban a nosotras a hablar de sus problemas. Los aconsejábamos con toda prudencia y cariño. Sabíamos que necesitan un buen guía que los oriente en esta difícil etapa de su vida. Las jovencitas se acercaban a nosotras y nos contaban cuánto tiene que luchar para ser valoradas en sus hogares y para que sus padres las manden a estudiar. Los varones tienen la mentalidad de que la mujer no debe estudiar porque ellas sólo están para el trabajo de la casa y… ¡qué duro trabajo les espera! Es verdad, que no se puede cambiar la mentalidad de una cultura de un día para otro, pero, nos esforzamos por que los jóvenes crezcan con una mentalidad diferente.

En nuestra tercera visita misional en el mes de octubre, las cosas fueron mejorando. Acudían más personas a la Celebración de la Palabra por la noche. No se querían ir a sus casas porque querían seguir aprendiendo sobre Dios, sus mandamientos y los sacramentos. Percibimos en ellos, hambre y sed de Dios. Un verdadero interés por conocer la verdad. Esta gente sencilla, querían realmente conocer su fe y permanecer en ella. No tenían los recursos necesarios para combatir esta terrible secta, por eso el interés por conocer el catecismo. Lástima que no teníamos para regalar uno para cada uno, como era nuestro deseo. Pero fuimos explicándoles cada noche cuánto podíamos. Terminada la misión en este pueblo, el ambiente era diferente y Dios  bendijo esta comunidad con la visita del Obispo a quien recibieron con mucha alegría y fe. Mons. Robert, se quedó maravillado de los frutos de la misión. Como es muy observador, se dio cuenta inmediatamente no sólo de la lejanía geográfica, sino también el abandono espiritual de estas personas.

Terminada esta misión doy gracias a Dios y a nuestro Padre, el Siervo de Dios Mons. Federico Kaiser MSC, por el carisma que han plasmado en nosotras, es decir, evangelizar a los más alejados y necesitados. Vi claramente que, si no hubiera estado en esta misión, mucha gente seguiría viviendo en la ignorancia religiosa y sin el auxilio divino de los sacramentos.

En Jesús Verbo y Víctima

Madre María Balbina MJVV