ESPIRITUALIDAD

LA BIBLIA

“Voy a visitar a un sacerdote amigo. Todavía no está encasa. Debo esperar un rato. Me abren la puerta a su biblioteca. Entro.

 Las paredes casi desaparecen detrás de los estantes con la multitud de libros. Sé que cada uno de ellos es obra cuidadosamente escogida y de gran valor. Pero entre todos ellos hay uno que desde el primer momento cautiva mi atención. No se encuentra entre los demás en los estantes. Tiene un sitio especial, en el centro de la pieza.

Se halla sobre una mesa redonda cubierta de paño color verde oscuro. Es un libro muy grande y abultado. En su tapa de color rojo subido, ostenta unas letras de metal dorado que anuncia el título del libro: LA BIBLIA.

 La mirada queda fascinada. Bebe y saborea las palabras “La Biblia”. Luminosa satisfacción inunda y alegra mi alma. He ahí el libro por excelencia; ¡el Libro Rey! El tesoro, la honra y gloria de toda biblioteca. Una biblioteca sin Biblia parece un organismo sin cabeza. Porque en este libro de los libros se hallan “todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2,3).

Con plena razón le pertenece a este libro el sitio de honor. No debe estar simplemente como libro entre libros, como autor entre autores. Porque no es un libro como los demás, ni es su autor como los otros. Es el libro totalmente distinto de cuantos jamás se hayan escrito, distinto por su origen, su contenido, su finalidad, distinto por su valor y espíritu, distinto por toda su naturaleza. Es libro divino, es obra del mismo Dios.

Tiene este libro dos autores, uno humano, y el otro, el principal, es Dios. Es suya la voz que habla desde estas páginas, es la voz y palabra de aquél que habló desde la mole del Sinaí y desde la cumbre del Monte de las Bienaventuranzas. De estas páginas brota el eterno mensaje de verdad y de vida, de caridad y de perdón, de paz y salvación. Al oído del lector creyente llega desde estas páginas la advertencia que resonó de la zarza ardiendo: “el lugar en que estás es tierra sagrada” (Ex 3,5). En verdad, donde leemos la santa Biblia, allí es tierra santa, porque allí nos habla el Dios Santísimo, el Dios de los patriarcas, profetas y apóstoles.

Siento ganas de caer de rodillas ante el Libro Divino. Me acuerdo de que Olier, el Oratoriano, tenía en su cuarto algo así como un trono en el cual descansaba la Sagrada Biblia. Y jamás entró sin arrodillarse por unos instantes, para adorar a Dios, al Dios santísimo, presente en su santísima Palabra.

Dios habla a los que vienen a Él con la debida disposición. Habla a quien se acerca a este libro con la fe de Moisés que sube a la altura del Sinaí, ansioso de conocer la voluntad del Señor y al mismo Señor. Dios enseña a quien lee en este libro con la confiada esperanza de Nicodemo que busca el mensaje de la verdad, preguntando al Verbo Divino en el silencio de la noche. Dios se revela a quien escudriña este libro con la caridad ardiente de San Juan que recibió la revelación de maravillas divinas en la soledad del Patmos.

“He aquí que vienen días -oráculo del Señor Yahvéh- en que yo mandaré hambre a la tierra, mas no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Yahvéh” (Amós 8,11). “Bienaventurado los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt 5,6).

¿Tienes tú esta hambre? ¿Sientes esta sed? Las siguientes hojas pueden despertarlas en ti, o hacerlas más intensas. Entonces también tú te arrodillarás ante la Biblia, pidiendo a Dios con fervor y ansias: “Habla, que tu siervo escucha” (1Sam 3,10)”.

(Mons. Federico Kaiser MSC, Prólogo de “Te llama la Biblia”)

COMUNIÓN ESPIRITUAL

“Jesús, nuestro Amigo y Salvador, creemos firmemente en tu presencia real y verdadera en el Santísimo Sacramento del Altar. Tú eres el alimento de tu propia Vida divina, de la cual nos has hecho partícipes en el bautismo.

Te amamos, y queremos amarte con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas.

Tú has dicho: “Mi Carne es verdadera comida”. Mira, Jesús, que tenemos hambre de Ti. Nos aseguras: “Mi Sangre es verdadera bebida”; recuerda, Jesús, que tenemos sed de Ti. Ardientemente deseamos recibirte.

Pero no podemos ahora comulgar sacramentalmente.

Déjanos, Jesús, recibirte a lo menos, en espíritu y amor. ¡Ven a nosotras, Jesús! Aplaca nuestra hambre y sed de Ti. Entra en nuestra alma. Aumenta en nosotras tu Vida divina, vida santa, vida de inmenso amor. Que cada una de nosotras sea para Ti un tabernáculo, morada de tu encanto y delicias, ahora y por siempre. Amén”

(Mons. Federico Kaiser MSC, 1961)

“SANTA ROSA GIGANTE DE FE Y VOLCÁN DE CARIDAD”

“Quien en el mundo católico y no católico sepa algo y tal vez muy poco de Santa Rosa, sabrá que ella es el modelo más luminoso de una vida de imitación de Cristo crucificado. ¡Gigante de fe, volcán de caridad! Enamorada de Cristo Crucificado.

Ella no pensó en llevar la Santa Cruz al museo.  En su vida, en su mente, en su alma y corazón estaba plantada la Cruz de Cristo.  Él hizo de ella la grande penitente admirable por su fe.  Porque la fe tiene por alma la caridad.  Quien no tenga una fe roqueña y gigante, tampoco no entiende la caridad gigante y tan volcánica como la que irrumpe en la vida de santa Rosa. ¡Fe es lo decisivo!

Y esta fe enseña que la humanidad es una y que estamos todos unidos por los lazos de cierto y auténtico parentesco y más unidos todos por vínculos sacratísimos que Cristo Jesús, en el misterio del bautismo, ha establecido entre todos los bautizados. Somos solidariamente responsables de la culpa y el pecado del mundo.

Ella, alma de fe sabía de esta unión y unidad que existe, y con esto la responsabilidad solidaria de todos, de todos por cada uno. En una de sus cartas leemos: “Quisiera decirle que cargo con toda la culpa de usted”.  He aquí la mentalidad tan generosa: Cargo yo con toda la culpa de usted. ¿Podía hacerlo? Claro que sí.  Jesús sigue redimiendo al mundo. Lo dice San Pablo a los Colosenses: “Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (1,24), porque en su Cuerpo glorioso ya no puede sufrir, lo puede en su Cuerpo Místico.

Santa Rosa nos da la lección, la intérprete de la Palabra y Voluntad de Dios. Gigante en la fe. Volcán en la Caridad.  El mundo necesita de almas generosas.

(De un Sermón de Mons. Federico kaiser del 30 de agosto de 1971)

Programa de Vida cristiana

El Siervo de Dios, Mons. Federico Kaiser MSC, cuando enseñaba en los colegios de Lima, daba un Programa de Vida cristiana a sus estudiantes. 

Un programa muy válido también hoy y adapto para todo buen cristiano.