ESPIRITUALIDAD

ORACIÓN Y EUCARISTÍA

La voz de la Biblia

Dice Jesús: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida (Jn 6,55) Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados (Mt 5,6). Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre (Mt 7,7s).

La Voz del Papa

“Aunque Cristo, hablando en términos generales, haya reconciliado a todo el género humano con el Padre por medio de su muerte cruenta, quiso, sin embargo, que todos se acercasen y fuesen llevados a la Cruz por medio de los sacramentos y por medio del sacrificio de la Eucaristía, para poder obtener los frutos de salvación por Él en la misma cruz ganados.

Es verdad que los sacramentos y del Sacrificio del altar gozan de una virtud intrínseca en cuanto son acciones del mismo Cristo que comunica y difunde su gracia de la Cabeza divina a los miembros del Cuerpo místico, pero, para tener la debida eficacia, exigen las buenas disposiciones de nuestra alma” (Pío XII, Mediator Dei, 97. 44, 1947).

La voz del Prelado

Nuestros dos Congresos Eucarísticos

El mes de agosto de este año tiene una carácter particularmente eucarístico, a su principio celebramos el Congreso Eucarístico mundial de Múnich, a su fin el Congreso Eucarístico nacional de Piura. Uno y otro es nuestro congreso; en ambos tenemos parte. Preparémonos bien al primero, y que sus gracias e impulsos fervorosos nos preparen tanto más eficazmente al segundo, a nuestro Congreso Eucarístico de Piura.

Preparémonos a nosotros mismos, para preparar tanto más intensamente a nuestros fieles. Después del bautismo no hay otro sacramento tan vital y decisivamente importante y necesario para nuestra vida cristiana  y eterna salvación, como el sacramento de la Eucaristía que profluye, como todos los sacramentos y con todos sus efectos, del Sacrificio del Gólgota.

Bautismo y Eucaristía. El Bautismo nos incorpora en Jesucristo. La Eucaristía continúa, perfecciona y completa este efecto del Bautismo: Nos incorpora a Jesucristo siempre más firme, más profunda, más inseparable y más perfectamente: El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él (Jn 6,56). El Bautismo nos hace participar de la misma vida divina de Jesucristo. La Eucaristía continúa, perfecciona y completa también este efecto del bautismo: alimenta nuestra vida divina, la asegura, la corrobora, vigoriza y aumenta, para que la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). Promete Jesús: El que come mi carne y bebe mi sangre, tienen la vida eterna y yo le resucitaré el último día (Jn 6,54). El Bautismo nos asemeja a Jesucristo, y la Eucaristía continúa, perfecciona y completa igualmente este efecto del bautismo. El alimento natural es asimilado a nosotros, se transforma en nosotros. Pero al tomar el alimento eucarístico somos nosotros asimilados al mismo alimento que es Jesucristo, el Dios-Hombre, nuestro Salvador. Somos asemejados a Él, hechos más y más deiformes, y siempre más identificados con Jesús; al fin ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20) .

¿Notamos los efectos?  Estos son los efectos principales de la Eucaristía, verdaderas maravillas del Divino poder santificador y salvador. ¿Notamos tales efectos en nuestra vida? ¿Las observamos en la vida de nuestros fieles que comulgan con frecuencia?

Debida disposición. Los sacramentos producen sus efectos ex opere operato. Pero es indispensable que en el alma no se encuentre ningún impedimento a la gracia, sino la debida disposición para recibir los efectos sacramentales. Cuanto más santa y perfecta esta disposición, tanto más abundantes serán los efectos del sacramento en el alma.

Cuanto más parca y defectuosa la debida disposición, tanto menos fruto habrá. Señalo hoy a mis queridos amigos Sacerdotes sólo un medio para disponerse favorablemente a los efectos de la Eucaristía en cuanto sacramento y en cuanto sacrificio: la oración.

Misa y oración. La Santa Misa es el Sacrifico del Gólgota, acompañado de oración, rodeado de oración y enteramente envuelto en oración. La oración le precede, la oración le penetra en cada parte y en todo momento, la oración lo concluye. Estas oraciones de la Misa ¿las rezamos de veras? ¿O es que nos contentamos con sólo recitarlas o decirlas no más?

Sacerdote y oración. Escribí en el Boletín de noviembre último: Sacerdotes somos por la ordenación, sacerdotes buenos por la oración. ¡O Sacerdote orante, o Sacerdote “cesante”! No hay otra alternativa. Apliquemos esta verdad más que nada a la obra más sacerdotal que haya: a la celebración del sacrificio Eucarístico.

Quien reza, se santifica. Quien reza las oraciones del Sacrificio Eucarístico, recibirá sus efectos santificadores. Quien las reza poco, recibirá poco fruto. Quien las reza mucho, recibe mucho fruto. Quien más las reza, más fruto Eucarístico recibirá.

Sancta sancte. Por esto, cuidado con sólo “decir” la Santa Misa. La Misa es Sacrificio; un sacrificio no se dice, sino que se ofrece y se celebra. La Santa Misa la celebramos ofreciendo la Divina Víctima rezando, es decir: con sagrada atención, iluminados, enfervorecidos e inflamados en virtud de las oraciones que no sólo decimos, sino que rezamos identificándonos con Jesucristo y su Santa Iglesia.

Oración antes de la Misa. La oración precede, acompaña y concluye la Santa Misa. No subamos jamás las gradas del altar, sin habernos preparado rezando, lo cual se hace generalmente pasando en oración ante el Santísimo un cuarto de hora, o por lo menos 10 minutos, y en caso de apuro excepcional, durante no menos de 5 minutos.

Oración durante la Misa. Durante la Misa ¡recemos! No nos apuremos. ¡Oración apurada, oración malograda! Hagamos siempre un prudente esfuerzo para no “decir” la Misa; más bien recemos sus oraciones con atención y fervor.

Oración después de la Misa. Después de la Misa dediquemos un cuarto de hora a la oración, la acción de gracias. Quien de la cama va al altar y del altar al desayuno, primero escandaliza a los fieles, y poco a poco los acostumbra a ir ellos también a comulgar sin rezar ni antes ni después. Y pronto habrán aprendido y van a repetir el estribillo de su Párroco: “No tengo tiempo”. Quien no tiene tiempo para rezar, no debe celebrar ni comulgar. ¡La Santa Misa se celebra y los sacramentos se reciben rezando, rezando, rezando!

Nuestro propósito. Deseo mucho que nuestros dos Congresos Eucarísticos me renueven a mí y a mis queridos Sacerdotes en este propósito y su práctica: Queremos rezar, atenta y fervorosamente, antes, durante y después de la Santa Misa. Enseñemos a nuestros fieles de ejemplo y palabra, que la Comunión se recibe rezando antes de comulgar, durante los momentos de comulgar y rezando después de comulgar.

Entonces los dos Congresos Eucarísticos de este año tendrán éxito grande en la vida nuestra y en la de nuestros fieles. Grandes serán sus efectos santificadores.

Federico Kaiser MSC, Obispo
Prelado de Caravelí
Boletín para el Clero de la Prelatura de Caravelí, Nº19, Julio 1960


DOS ESPÍRITUS EN LUCHA

Ya es hora … (Ro 13,11)

Dos espíritus están luchando por nuestra alma y persona; quieren apoderarse de nosotros: el Espíritu Santo y el espíritu malo, el Espíritu celestial y el espíritu infernal, el Espíritu de arriba y el espíritu de abajo, el Divino y el diabólico.

Ninguno de los dos nos va a conquistar por la violencia, el Uno no lo hará por no querer, el otro por no poder. El Espíritu Santo ama y respeta nuestra libertad, no quiere forzarla. El espíritu malo odia y detesta nuestra libertad, pero no puede forzarla. Nuestra libertad es intangible: los dos espíritus lo saben.

Por esto busca el Espíritu Santo la humildad del alma, que es el punto saludable de ella. El espíritu malo se fija en la soberbia del hombre; pues ella es su punto vulnerable. El Espíritu Santo resiste a los soberbios; a los humildes les da su gracia divina (1Pdr 5,5,). El espíritu malo sucumbe ante los humildes; a los soberbios les impone su desgracia diabólica. La sabiduría del Primero ofrece santidad y felicidad; la astucia del otro brinda depravación e infelicidad. Los dos invitan. Debemos nosotros decidirnos y escoger, o la gracia y felicidad del Uno, o la desgracia e infelicidad del otro.

Si ensordecemos nuestros oídos a la voz del Espíritu Santo y nos damos al llamado del espíritu malo, entonces seremos de éste, seremos su presa para nuestra desgracia. Si al contrario tapamos nuestros oídos al llamado del espíritu malo y los prestamos al Espíritu Santo, entonces pertenecemos a Él, seremos sus amigos para nuestra santificación y felicidad.

De modo que la lucha entre el Espíritu Santo y el espíritu malo la decidimos nosotros, en virtud de nuestra libertad y buena o mala voluntad. Esto significa la sentencia: si quieres, serás santo. Fijémonos bien en que se trata de un quiero, y que no basta un quisiera.

Cuando el espíritu malo se da cuenta de que nos inclinamos a un decidido quiero, entonces se apura a sugerirnos un cómodo quisiera. Pues le resulta insoportable nuestra verdadera santidad y felicidad. Ante tal peligro, hace esfuerzos desesperados para apartarnos de la santidad y llevarnos a una miserable mediocridad. Nos inspira mil y una razones para que escuchemos tanto a él como al Espíritu Santo. No le importa que hagamos buenos propósitos, aunque sean muchos, con tal que no sean enérgicos y decididos, sino sólo más o menos firmes. Le basta en tal situación que nunca nos decidamos de veras, sino siempre sólo a medias. Así consigue que nuestra vida sea nada más que una mediocridad miserable y lamentable. Se contenta con esta victoria a medias, no pudiendo alcanzar nuestra derrota y desgracia total.

Y nosotros ¿nos contentamos igualmente con esta victoria a medias?, que es a la vez una derrota a medias. ¿O daremos la victoria íntegra al Espíritu Santo? ganándola así para nosotros mismos. ¡Decidámonos! Ya es hora, tal vez la última hora que Dios nos concede para una victoria, un triunfo y una felicidad completa.

Federico Kaiser MSC
Obispo Prelado de Caravelí
Boletín para el Clero de la prelatura de Caravelí, Nº41, Abril-mayo 1964


LA VIDA DIVINA O GRACIA SANTIFICANTE

El Credo te enseña el camino a la Vida divina.
Los Sacramentos te proporcionan la Vida divina.
Los Mandamientos te ayudan para guardar la Vida divina
y llevar una existencia conforme a ella.

Os anunciamos la vida (1Jn 1)

La Vida aquella apareció en Jesucristo que vino al mundo para salvar a los hombres. Dice Jesús: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). Se refiere a la Vida de la Gracia.

De nuestros padres tenemos la vida natural o humana, de Jesucristo la Vida sobrenatural, la Vida salvadora, la Vida divina, la Vida de los hijos de Dios. Esta Vida divina en nosotros se llama también Gracia santificante.

La Fuente de la Vida divina es el Corazón de Jesucristo sacrificado en la cruz. El sacrificio de la cruz continúa en la Santa Misa a través de los siglos, de modo que la salvación está presente para todas las generaciones.

Los Conductos de la Vida divina son, sobre todo, los Sacramentos. Son como siete sagradas arterias que conducen la Vida divina del Corazón divino del Salvador  a los miembros de su cuerpo místico.

La Vida divina comparada con la vida humana. Para apreciar más clara y justamente la importancia de los sacramentos miremos brevemente paralelas la vida humana, que Dios nos da por nuestros padres, y la Vida divina que Jesucristo nos da por los sacramentos.

  1. La vida humana la tenemos por el nacimiento. La Vida divina la recibimos por nuestro renacimiento del Bautismo, el primero de los sacramentos (Jn 3,5).
  2. La vida humana debe desarrollarse y llegar a la madurez. La Vida divina en nuestras almas llega a la madurez por el sacramento de la Confirmación (Hch 8, 15-17).
  3. La vida humana está expuesta a enfermedades y muerte. Para la Vida divina el pecado venial es como una enfermedad: es daño para ella. Y el pecado mortal es su muerte: se pierde por él. Los pecados se perdonan por el sacramento de la Confesión o Penitencia, que sana aquellas enfermedades y devuelve la Vida divina al alma  (Jn 20,21-23).
  4. La vida humana no puede conservarse ni desarrollarse sin alimento. La Vida divina se nutre por la Sagrada Comunión, la Carne y Sangre de nuestro Salvador (Jn 6,51).
  5. La vida humana termina con la muerte del cuerpo. La Vida divina del alma no debe  cesar jamás; después de ser aquí, Vida de gracia; será allá, Vida de Gloria. Por eso,  la Vida divina recibe, en aquella hora suprema, nueva fuerza y perfección, por el sacramento de la Unción  (Stg 5,14-15).
  6. La vida humana necesita de buenos padres que la comuniquen y cuiden; lo mismo la Vida divina. El sacramento del Orden sacerdotal, proporciona a la humanidad los padres espirituales que en el bautismo comunican la Vida divina y la cuidan por la administración de los demás sacramentos y servicios sacerdotales (Mt 19,5s).
  7. La vida humana se propaga, según voluntad de Dios, por la legítima unión de los esposos. El sacramento del Matrimonio santifica y consagra esta unión para que los descendientes nazcan en un ambiente y condiciones dignas y favorables a hacerlos pronto hijos de Dios por la Vida divina del bautismo (Mt 19,5s).

La Madre de la Vida es la Madre de Jesús, siendo Él aquella Vida eterna, que estaba con el Padre (1Jn 1,2), y siendo a la vez el fruto bendito del seno de esta Madre. POR MARIA EL HIJO DE DIOS SE HIZO HOMBRE, PARA QUE EL HOMBRE SE HAGA HIJO DE DIOS POR MARÍA.

Un resumen que puede dar más claridad

OS ANUNCIAMOS LA VIDA DIVINA

LA VIDA DIVINA es
dada por el Bautismo,
madurada por la Confirmación,
curada o resucitada por la Confesión,
alimentada por la Comunión,
consumada por la Unción de los enfermos.
El Orden sacerdotal
consagra hombres a dedicarse exclusivamente
a la Vida divina.
El Matrimonio
proporciona el ambiente
digno y favorable
a recibir y desarrollar
la VIDA DIVINA.

¡VIDA DIVINA en nosotros!

Esta VIDA DIVINA es la Vida de Cristo ¡en nosotros!. No tenemos esta VIDA DIVINA íntegra, pues entonces, seríamos dioses. Sólo, pero realmente, participamos de ella, de la MISMA VIDA DE DIOS. Así somos en verdad divinizados.

No tenemos ningún derecho a esta VIDA DIVINA. Nuestra participación en ella es un regalo de Dios, un don gratuito, no debido a nosotros. Es, pues, una GRACIA. Es gracia salvadora: ella nos salva. Es gracia santificante: ella nos santifica. Es gracia divinizante: ella nos diviniza. nos diviniza en verdad.

En esta VIDA DIVINA se cumple la voluntad de Dios con el mundo, que es su GLORIFICACIÓN. Glorificamos a Dios, salvándonos por nuestra vida de Fe (Credo), por nuestra vida sacramental (Sacramentos) y por nuestra vida de obediencia (Mandamientos). Y nos salvamos, glorificando a Dios por aquella misma vida de fe, sacramental y de obediencia.

Convento Cenáculo / Caravelí
Mons. Federico Kaiser MSC


ACTO DE CONTRICIÓN

Mons. Federico Kaiser MSC

Jesús, mi Dios, aquí te veo en tus sufrimientos. Estás clavado en la cruz. ¿Quién ha hecho esto? He sido yo.

De veras muy mal me he portado contigo. Mis pecados te han ofendido. Te han dolido. Mis pecados eran los martillazos que te han clavado.

Pobre Jesús mío, te pido perdón. Tú eres inocente. Sin pecado, sin culpa alguna. Toda la culpa la tengo yo. Yo debo estar allí en la cruz. Yo lo merezco. No tú.

Pero tú te sacrificas en mi lugar. Así lo quieres tú. Me amas tanto.  Tú sufres por mí. Estás torturado por mí. Clavos en tus manos y pies te atormentan. Te martirizan las espinas de la corona en tu cabeza. Así derramas tu sangre. Gota por gota. Agonizas por mí. Y mueres en indecibles dolores, por mí.

Desde ahora quiero ser otro, otra. Nunca más debes tú sufrir por culpa mía. Una lanza ha perforado tu corazón. La herida es profunda. Es grande. Corre la sangre. Te suplico Jesús, que ahora caiga una gota de tu santísima sangre sobre mi alma, para lavarla de todo pecado, para dejarla limpia y santa. Santa como en mi bautismo. Santificada de nuevo por tu sangre santísima y salvadora.

Mi querido Jesús. No dudo que has perdonado mis pecados. ¿Qué puedo hacer en penitencia por mi culpa tan grande? Mira que estoy enfermo, enferma, te ofrezco mis sufrimientos. Que ellos sean mi penitencia. Quiero tener paciencia, sin quejarme. Suframos, pues, juntos, Tú y yo. Así espero santificarme más.

Virgen María, Madre dolorosa, ruega por mí a tu Jesús. Ten piedad de mí. Ruega por mí y por todos los pecadores, ahora y en la hora de mi muerte. Amén

Convento Cenáculo / Caravelí
Mons. Federico Kaiser MSC


“EL REY AMOR”
(Diálogo entre el Rey Amor y la MJVV)

MJVV: ¡Oh, nuestro querido amigo y soberano, nuestro Rey el Amor!

Rey Amor: ¿Jamás me has visto?

MJVV: Sí, pero jamás, así como hoy me es dado contemplarte.

Rey Amor: Pero si siempre me presento en esta forma.

MJVV: Encontré varias veces una persona adornada y que dijo ser el Rey Amor, pero era muy distinto de ti.

Rey Amor: ¿Distinto? ¿Cómo es posible?

MJVV: Pues no tenía en su corona esos dos brillantes tan luminosos y tan indeciblemente magníficos.

Rey Amor: ¡Entonces no era yo! Era un personaje disfrazado. Ha mentido, pretextando ser él, el Rey Amor.

MJVV: ¡Ah sí! Y tampoco tenía consigo esta escolta que a ti te acompaña.

Rey Amor: Mira, es otra prueba que te encontraste con un impostor. Yo, el Rey Amor, jamás y por ninguna parte me presento sin mi Escudero y mi Paje.

MJVV: Pero, mi Rey Amor, por favor, dime: ¿De dónde vienes tú?

Rey Amor: Te lo digo con gusto y fíjate bien. Mi tierra natal es el maravilloso país de la HUMILDAD

MJVV: ¿Maravilloso? ¿Qué maravillas y qué bellezas le son características a tu tierra natal el país de la Humildad?

Rey Amor: ¡Ah! Son de una riquísima variedad, pero las dos maravillas más destacadas que dan fama y gloria a mi tierra, Humildad, son dos plantas superando en magnificencia e importancia a las demás.

MJVV: ¿En qué aspectos se destacan tanto de las otras?

Rey Amor: En primer lugar, son las dos plantas realmente esenciales de mi país, la Humildad. Nunca podrían faltar en mi tierra que, pues, se llama Humildad.

MJVV: Y por favor, ¿en segundo lugar?

Rey Amor: En segundo lugar, son las dos plantas mucho más altas de todas las demás y siempre cargadas de las flores más vistosas y más variadas en inimaginable belleza y múltiple aroma.

MJVV: ¿De veras? ¡Cómo quisiera ver tal belleza!

Rey Amor: Y fuera de la belleza de las flores y del aroma, todo el año estas dos plantas llevan preciosísima carga de frutos.

MJVV: Pero, por favor, dime los dos nombres de estas dos plantas tan asombrosas.

Rey Amor: Te los digo. Escucha bien y nunca lo olvides. Estas dos plantas preciosas que nunca dejan de existir y resplandecen en el país de la Humildad se llaman: SINCERIDAD, la primera y VERACIDAD, la segunda.

MJVV: ¡Ah!, de modo que no existe este precioso país, es decir, la Humildad sin que en ella se encuentren la Sinceridad y la Veracidad.

Rey Amor: ¡Exacto! La Sinceridad y la Veracidad jamás se borren de tu memoria.

MJVV: ¡Jamás lo olvidaré! Y ahora, mi amabilísimo Rey Amor, permíteme una pregunta más.

Rey Amor: Pregunta con toda confianza, pues, me gusta el afán de saber.

MJVV: Dime, estas dos preciosísimas joyas en tu corona ¿de qué clase son? ¿Cuáles son sus nombres?

Rey Amor: Son dos joyas esenciales a mí mismo ser, nunca me encontrarás sin ellas, sin estas dos joyas. Nunca podría desprenderme de ellas, sencillamente pertenecen a mí mismo, al Rey Amor.

MJVV: ¡Ah comprendo! Son inseparables de ti, siempre se hallan en tu frente, son siempre visibles, son la esencia de tu belleza y de tu misma persona.

Rey Amor: ¡Correcto! Me has entendido.

MJVV: Y, ten la bondad, dime también los nombres de estas piedras preciosísimas.

Rey Amor: Una vez más: escucha bien y nunca olvides los dos nombres. Esas dos piedras preciosísimas se llaman: ALEGRÍA y ÁNIMO.

MJVV: Alegría y Ánimo. Es decir, que tú, el Amor, no existes sin Alegría y Ánimo.

Rey Amor: ¡Así es!

MJVV: ¡Entiendo! No hay, pues, Amor si no obra alegrando y animando.

Rey Amor: Bien dicho, bien formulado. Ojalá lo sepas recordar, meditar y aplicar a tu vida. Debes siempre alegrar y animar.

MJVV: Rey mío, querido Amor, me haces feliz con estas revelaciones.

Rey Amor: Y si tú las recuerdas y practicas, yo el Amor, te hago no sólo feliz sino también grata a todo el mundo y muy, muy santa.

MJVV: Verdad. Y quisiera saber algo más.

Rey Amor: Habla con toda franqueza.

MJVV: ¿Te precede esta persona? Parece tu escudero ¿Cómo se llama?

Rey Amor: Se llama RESPETO.

MJVV: Y aquel que te sigue, ese paje ¿Cómo se llama él?

Rey Amor: Te lo digo. El que me sigue siempre, se llama SERVICIO.

MJVV: Respeto y Servicio. Pero, mi Rey ¿Por qué no andas en libertad e independencia, es decir, sin ellos?

Rey Amor: ¿Sin ellos? No, no, pues, es imposible. Yo soy el Rey Amor, siempre y en todo lugar me precede el Respeto y me sigue el Servicio. Jamás me vas a encontrar sin ellos.

MJVV: ¿Jamás? Entonces podría estar uno siempre seguro si tiene delante al Rey Amor auténtico o a un amor falsificado.

Rey Amor: Muy bien lo has dicho. Lo subrayo: donde se presenta alguien que te parezca ser el Amor, pero sin que le preceda mi escudero, el Respeto y sin que le siga mi paje, el Servicio, sepas siempre que no es Amor, sino su falsificación, digamos una ilusión.

MJVV: ¿Sabes, mi Soberano, querido Rey Amor, que soy Religiosa, que me llamo Misionera de Jesús Verbo y Víctima?

Rey Amor: Sí, sí, enseguida te conocí por tu hermoso hábito. Y mucho me alegra que justamente tú quieres saber tanto sobre mí.

MJVV: ¡Me haces feliz! Pero, una pregunta más, una súplica. Quisiera vivir siempre contigo, nunca separadamente, jamás perderte de vista, en una palabra, quisiera ser como tú. No anhelo tu gloria, pero sí tu esencia, es decir, al mismo Amor, ¿Qué hago para conseguirlo?

Rey Amor: Con gusto te lo enseño. Escucha bien, si quieres amar a Dios, a tus Hermanas o a tus queridos fieles, cuya misionera serás, primero siempre despierta y cultiva el Respeto, tenles respeto y será, pues el Respeto, mi escudero, el que te abre camino hacia mí.

MJVV: De manera que no llegaré a ti, querido, apreciado Amor, sin que llame primero al Respeto para precederme.

Rey Amor: ¡Así es!

MJVV: Pero, el paje ¿también es necesario?

Rey Amor: Sí, mi querida MJVV, debes procurar que siempre y de todos modos tu amor sea seguido por mi querido Servicio.

MJVV: Estoy pensándolo.  El escudero Respeto y el paje Servicio ¿trabajan gratuitamente?

Rey Amor: No, no, al contrario, ¡cobran!

MJVV: ¿Qué cobran, pues?

Rey Amor: Cobran tu suave, perseverante y atento esfuerzo, el uno como el otro.

MJVV: ¡Entonces la cosa se torna difícil!

Rey Amor: No, no será difícil si tú eres prudente, pues, no es que el Respeto venga solo o se presente solo el Servicio, ya sabes que estoy yo siempre con los dos juntos.

MJVV: Sí, esto ya me has dicho.

Rey Amor: De modo que aquí no cabe tiempo ni espacio, el Amor es un misterio de manera que puedes y debes amar siempre. Al estar amando nada te será costoso ni el Respeto ni el Servicio.

MJVV: ¡Ah, comprendo! Debo siempre amar y amo sólo alegrando y animando. ¡Entiendo, entiendo! Alegrando me alegro a mí misma. Animando me animo a mí misma. ¡Entonces, sí todo es fácil!

Rey Amor y MJVV: ¡Todo es fácil y hermoso! ¡Todo es baratísimo! ¡Realmente ya no cuesta nada!

MJVV: Ya no cuesta nada el Amor, si le precede el Respeto y le sigue el Servicio. ¡Viva nuestro rey el Amor!

(Alegoría de Mons. Federico Kaiser,
Caravelí, 26 de marzo de 1979)


FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

“Fiesta de todos los Santos. Si les preguntamos a ellos: ¿Qué necesitamos para ser santos?. Ellos nos contestan: Lo único que para esto necesitan, es Dios. No lo dudamos. Pero Dios es caridad. Así resulta que, para ser santos, una sola cosa es necesaria: ¡La caridad!

Ella es todo. Porque Dios es todo. Con Dios y con caridad: todo. Sin Dios y sin caridad: nada.

Esta es entonces la cuestión: ¿Cómo debemos practicar la caridad? En respuesta se podrían escribir libros. En lugar de escribírselos, o siquiera leérselos, prefiero darles a Ustedes una respuesta brevísima, presentarles una norma, una máxima concisa. La norma de cómo practicar la caridad es ésta; escuchen:

¡Estemos alegres nosotros,

y hagamos alegres a otros!

¿Esto es todo? Sí, es todo. ¿Les parece poco? ¿Creen que es fácil esto? Sin duda es sencillo, sencillísimo. Pero no por eso es fácil. Al contrario ¡cuesta! Hay que pagar, y bien caro. No se equivoquen, el precio es realmente alto. Es sencillo el asunto, como es sencilla la norma dada; no se requiere especulación alguna. Mas el precio es enorme.

El precio tan alto.          Pero entonces, en concreto, ¿qué hay que pagar? Justamente en esto está lo difícil. Porque no puede Usted pagar en dinero o en cosas. A precio tan bajo no hay caridad. Debe Usted más bien pagar con la moneda contante y sonante de – ¡no se asuste! – su egoísmo, de su egolatría, su amor propio, su soberbia, su comodidad y cuanto de estas cositas se deriva.

Únicamente pagando este precio, Usted se hace capaz de agradar y alegrar a Dios y a su prójimo. ¡Se hace capaz de amar! Les repito la norma de cómo amar:

¡Estemos alegres nosotros

y hagamos alegres a otros!

Dios es felicidad.           ¿Quiere Usted amar, amar de veras y ser santa, santa de verdad? ¡Decídase de una vez! Dios es Caridad, es felicidad. Él ama. No hace más, ni otra cosa; solo y siempre ama. Él ama haciendo bien a sus hijos, haciendo felices a sus creaturas, dándoles gusto, alegría, felicidad, y al fin la bienaventuranza. Este es su modo de amar; y no hay otro. Del mismo modo, pues, debemos amar nosotros, dando y causando gusto, alegría, felicidad. Comencemos ahora mismo, hoy mismo en la fiesta de Todos los Santos. Ellos se han hecho santos ¡amando! Dejémonos de teorías y declaraciones. Seamos sinceros y prácticos. Hagamos felices a los demás, aumentemos su gusto, hagámosles favores, aminoremos su trabajo, su pena y sufrimiento. Seamos hijos de Dios. Dios es caridad. Amemos como Él nos amó y nos ama.

El amar hace feliz.               Amemos a Dios y hagamos felices a nuestro prójimo. Y los más felices resultaremos nosotros mismos. La Caridad, el amar hace feliz, y hace santo. Tendremos alegría, tendremos felicidad, tendremos santidad, tendremos a Dios. Y teniendo a Dios, tendremos todo, todo; tendremos también el cielo. Amén

(De un Sermón de Mons. Kaiser, 1º de noviembre de 1971)


UNA ORIENTACIÓN DE COMO HACER DEL SANTO ROSARIO UNA ORACIÓN ORAL MEDITATIVA

El rezo del Rosario es un ejemplo de la oración oral meditativa. En el AVE MARIA acostúmbrate a rezar “escuchando” al Ángel que con admiración le dice a la Virgen:

            Dios te salve, María,
          llena eres de gracia,
            el Señor está contigo.

Luego viene la felicitación de Santa Isabel:

            Bendita tú eres
            entre todas las mujeres
            y bendito es el fruto de tu vientre,
            Jesús.

Después reza la humanidad pecadora:

            Santa María, Madre de Dios
            ruega por nosotros pecadores
            ahora y en la hora
            de nuestra muerte. Amén

Si así divides el Ave María, te será fácil meditarla sin distracciones durante el rezo del santo Rosario.

Si te admiras con el Ángel, haciéndole hablar por ti, poco a poco te acostumbrarás a rezar admirándote en este parte del Ave María.

Y junto con santa Isabel, quien, al darse cuenta de que María lleva al Hijo de Dios en su seno, brota de su alma la más cariñosa felicitación: “Bendita tú…”. Reza tú también, así con admiración, glorificando a la Virgen: y en la felicitación te alegrarás con ella.

La humanidad pecadora reza su petición: Santa tú, ora por nosotros pecadores, ahora, pero más que nada en la hora de nuestra muerte.

Alabanza, felicitación y petición en cada Ave María, es lo que debes procurar en el rezo del santo Rosario.

En los misterios gozosos medita: El Ángel viene a la Virgen para anunciarle que tendrá un Hijo que será el Hijo de Dios. ¡Míralo! ¡Óyele hablar! Otra imagen: Isabel y la Virgen se encuentran. La primera dice su felicitación, y la Virgen luego canta su magnificat. Entonces tú también canta: ¡Bendita tú…! Entre lo temporal y eterno, están el Ángel, la Virgen e Isabel juntos.

En los misterios dolorosos tenemos el Gólgota. Isabel no estaba en el Gólgota; tampoco se ve al Ángel. Pero imagínate al Ángel junto a María al pie de la cruz, donde le reza su admiración. ¡Dios te salve! llena de gracia, que estás cooperando en la salvación del mundo. El Señor está aquí contigo. Él es tu fuerza, tu gracia. ¡Admira a la Virgen dolorosa!

Isabel la felicita: Bendita tú, segunda Eva, junto al segundo Adán que se sacrifica para dar la vida a la humanidad. La felicita como a una mártir: Bendita tú entre las mujeres. Sólo tú, la Madre del que sufre la crucifixión por nuestra salvación.

Reza el coro del mundo mirando a Jesús en la flagelación, la coronación de espinas y en la crucifixión: Ruega Madre mía por nosotros pecadores, los culpables.

Misterios gloriosos. Resurrección y Pentecostés. Y ¿dónde poner al Ángel e Isabel? Pero, allí está el Ángel y dice muy admirado, ahora más que nunca: ¡llena eres de gracia! E Isabel la felicita: ¡Bendita tú, Reina de los Apóstoles!

María, el Ángel, Isabel y la humanidad suplicante, siempre están en todos los misterios. ¡Míralos, escúchalos, reza con ellos en esta oración tripartita!


LA BIBLIA

“Voy a visitar a un sacerdote amigo. Todavía no está encasa. Debo esperar un rato. Me abren la puerta a su biblioteca. Entro.

 Las paredes casi desaparecen detrás de los estantes con la multitud de libros. Sé que cada uno de ellos es obra cuidadosamente escogida y de gran valor. Pero entre todos ellos hay uno que desde el primer momento cautiva mi atención. No se encuentra entre los demás en los estantes. Tiene un sitio especial, en el centro de la pieza.

Se halla sobre una mesa redonda cubierta de paño color verde oscuro. Es un libro muy grande y abultado. En su tapa de color rojo subido, ostenta unas letras de metal dorado que anuncia el título del libro: LA BIBLIA.

 La mirada queda fascinada. Bebe y saborea las palabras “La Biblia”. Luminosa satisfacción inunda y alegra mi alma. He ahí el libro por excelencia; ¡el Libro Rey! El tesoro, la honra y gloria de toda biblioteca. Una biblioteca sin Biblia parece un organismo sin cabeza. Porque en este libro de los libros se hallan “todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2,3).

Con plena razón le pertenece a este libro el sitio de honor. No debe estar simplemente como libro entre libros, como autor entre autores. Porque no es un libro como los demás, ni es su autor como los otros. Es el libro totalmente distinto de cuantos jamás se hayan escrito, distinto por su origen, su contenido, su finalidad, distinto por su valor y espíritu, distinto por toda su naturaleza. Es libro divino, es obra del mismo Dios.

Tiene este libro dos autores, uno humano, y el otro, el principal, es Dios. Es suya la voz que habla desde estas páginas, es la voz y palabra de aquél que habló desde la mole del Sinaí y desde la cumbre del Monte de las Bienaventuranzas. De estas páginas brota el eterno mensaje de verdad y de vida, de caridad y de perdón, de paz y salvación. Al oído del lector creyente llega desde estas páginas la advertencia que resonó de la zarza ardiendo: “el lugar en que estás es tierra sagrada” (Ex 3,5). En verdad, donde leemos la santa Biblia, allí es tierra santa, porque allí nos habla el Dios Santísimo, el Dios de los patriarcas, profetas y apóstoles.

Siento ganas de caer de rodillas ante el Libro Divino. Me acuerdo de que Olier, el Oratoriano, tenía en su cuarto algo así como un trono en el cual descansaba la Sagrada Biblia. Y jamás entró sin arrodillarse por unos instantes, para adorar a Dios, al Dios santísimo, presente en su santísima Palabra.

Dios habla a los que vienen a Él con la debida disposición. Habla a quien se acerca a este libro con la fe de Moisés que sube a la altura del Sinaí, ansioso de conocer la voluntad del Señor y al mismo Señor. Dios enseña a quien lee en este libro con la confiada esperanza de Nicodemo que busca el mensaje de la verdad, preguntando al Verbo Divino en el silencio de la noche. Dios se revela a quien escudriña este libro con la caridad ardiente de San Juan que recibió la revelación de maravillas divinas en la soledad del Patmos.

“He aquí que vienen días -oráculo del Señor Yahvéh- en que yo mandaré hambre a la tierra, mas no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Yahvéh” (Amós 8,11). “Bienaventurado los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt 5,6).

¿Tienes tú esta hambre? ¿Sientes esta sed? Las siguientes hojas pueden despertarlas en ti, o hacerlas más intensas. Entonces también tú te arrodillarás ante la Biblia, pidiendo a Dios con fervor y ansias: “Habla, que tu siervo escucha” (1Sam 3,10)”.

(Mons. Federico Kaiser MSC, Prólogo de “Te llama la Biblia”)


COMUNIÓN ESPIRITUAL

“Jesús, nuestro Amigo y Salvador, creemos firmemente en tu presencia real y verdadera en el Santísimo Sacramento del Altar. Tú eres el alimento de tu propia Vida divina, de la cual nos has hecho partícipes en el bautismo.

Te amamos, y queremos amarte con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas.

Tú has dicho: “Mi Carne es verdadera comida”. Mira, Jesús, que tenemos hambre de Ti. Nos aseguras: “Mi Sangre es verdadera bebida”; recuerda, Jesús, que tenemos sed de Ti. Ardientemente deseamos recibirte.

Pero no podemos ahora comulgar sacramentalmente.

Déjanos, Jesús, recibirte a lo menos, en espíritu y amor. ¡Ven a nosotras, Jesús! Aplaca nuestra hambre y sed de Ti. Entra en nuestra alma. Aumenta en nosotras tu Vida divina, vida santa, vida de inmenso amor. Que cada una de nosotras sea para Ti un tabernáculo, morada de tu encanto y delicias, ahora y por siempre. Amén”

(Mons. Federico Kaiser MSC, 1961)


“SANTA ROSA GIGANTE DE FE Y VOLCÁN DE CARIDAD”

“Quien en el mundo católico y no católico sepa algo y tal vez muy poco de Santa Rosa, sabrá que ella es el modelo más luminoso de una vida de imitación de Cristo crucificado. ¡Gigante de fe, volcán de caridad! Enamorada de Cristo Crucificado.

Ella no pensó en llevar la Santa Cruz al museo.  En su vida, en su mente, en su alma y corazón estaba plantada la Cruz de Cristo.  Él hizo de ella la grande penitente admirable por su fe.  Porque la fe tiene por alma la caridad.  Quien no tenga una fe roqueña y gigante, tampoco no entiende la caridad gigante y tan volcánica como la que irrumpe en la vida de santa Rosa. ¡Fe es lo decisivo!

Y esta fe enseña que la humanidad es una y que estamos todos unidos por los lazos de cierto y auténtico parentesco y más unidos todos por vínculos sacratísimos que Cristo Jesús, en el misterio del bautismo, ha establecido entre todos los bautizados. Somos solidariamente responsables de la culpa y el pecado del mundo.

Ella, alma de fe sabía de esta unión y unidad que existe, y con esto la responsabilidad solidaria de todos, de todos por cada uno. En una de sus cartas leemos: “Quisiera decirle que cargo con toda la culpa de usted”.  He aquí la mentalidad tan generosa: Cargo yo con toda la culpa de usted. ¿Podía hacerlo? Claro que sí.  Jesús sigue redimiendo al mundo. Lo dice San Pablo a los Colosenses: “Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (1,24), porque en su Cuerpo glorioso ya no puede sufrir, lo puede en su Cuerpo Místico.

Santa Rosa nos da la lección, la intérprete de la Palabra y Voluntad de Dios. Gigante en la fe. Volcán en la Caridad.  El mundo necesita de almas generosas.

(De un Sermón de Mons. Federico Kaiser del 30 de agosto de 1971)


PROGRAMA DE VIDA CRISTIANA

El Siervo de Dios, Mons. Federico Kaiser MSC, cuando enseñaba en los colegios de Lima, daba un Programa de Vida cristiana a sus estudiantes. 

Un programa muy válido también hoy y adapto para todo buen cristiano.