ESPIRITUALIDAD

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

“Fiesta de todos los Santos. Si les preguntamos a ellos: ¿qué necesitamos para ser santos?. Ellos nos contestan: Lo único que para esto necesitan, es Dios. No lo dudamos. Pero Dios es caridad. Así resulta que, para ser santos, una sola cosa es necesaria: ¡La caridad!

Ella es todo. Porque Dios es todo. Con Dios y con caridad: todo. Sin Dios y sin caridad: nada.

Esta es entonces la cuestión: ¿Cómo debemos practicar la caridad? En respuesta se podrían escribir libros. En lugar de escribírselos, o siquiera leérselos, prefiero darles a Ustedes una respuesta brevísima, presentarles una norma, una máxima concisa. La norma de cómo practicar la caridad es ésta; escuchen:

¡Estemos alegres nosotros,

y hagamos alegres a otros!

¿Esto es todo? Sí, es todo. ¿Les parece poco? ¿Creen que es fácil esto? Sin duda es sencillo, sencillísimo. Pero no por eso es fácil. Al contrario ¡cuesta! Hay que pagar, y bien caro. No se equivoquen, el precio es realmente alto. Es sencillo el asunto, como es sencilla la norma dada; no se requiere especulación alguna. Mas el precio es enorme.

El precio tan alto.          Pero entonces, en concreto, ¿qué hay que pagar? Justamente en esto está lo difícil. Porque no puede Usted pagar en dinero o en cosas. A precio tan bajo no hay caridad. Debe Usted más bien pagar con la moneda contante y sonante de – ¡no se asuste! – su egoísmo, de su egolatría, su amor propio, su soberbia, su comodidad y cuanto de estas cositas se deriva.

Únicamente pagando este precio, Usted se hace capaz de agradar y alegrar a Dios y a su prójimo. ¡Se hace capaz de amar! Les repito la norma de cómo amar:

¡Estemos alegres nosotros

y hagamos alegres a otros!

Dios es felicidad.           ¿Quiere Usted amar, amar de veras y ser santa, santa de verdad? ¡Decídase de una vez! Dios es Caridad, es felicidad. Él ama. No hace más, ni otra cosa; solo y siempre ama. Él ama haciendo bien a sus hijos, haciendo felices a sus creaturas, dándoles gusto, alegría, felicidad, y al fin la bienaventuranza. Este es su modo de amar; y no hay otro. Del mismo modo, pues, debemos amar nosotros, dando y causando gusto, alegría, felicidad. Comencemos ahora mismo, hoy mismo en la fiesta de Todos los Santos. Ellos se han hecho santos ¡amando! Dejémonos de teorías y declaraciones. Seamos sinceros y prácticos. Hagamos felices a los demás, aumentemos su gusto, hagámosles favores, aminoremos su trabajo, su pena y sufrimiento. Seamos hijos de Dios. Dios es caridad. Amemos como Él nos amó y nos ama.

El amar hace feliz.               Amemos a Dios y hagamos felices a nuestro prójimo. Y los más felices resultaremos nosotros mismos. La Caridad, el amar hace feliz, y hace santo. Tendremos alegría, tendremos felicidad, tendremos santidad, tendremos a Dios. Y teniendo a Dios, tendremos todo, todo; tendremos también el cielo. Amén

(De un Sermón de Mons. Kaiser, 1º de noviembre de 1971)

UNA ORIENTACIÓN DE COMO HACER DEL SANTO ROSARIO UNA ORACIÓN ORAL MEDITATIVA

El rezo del Rosario es un ejemplo de la oración oral meditativa. En el AVE MARIA acostúmbrate a rezar “escuchando” al Ángel que con admiración le dice a la Virgen:

            Dios te salve, María,

          llena eres de gracia,

            el Señor está contigo.

Luego viene la felicitación de Santa Isabel:

            Bendita tú eres

            entre todas las mujeres

            y bendito es el fruto de tu vientre,

            Jesús.

Después reza la humanidad pecadora:

            Santa María, Madre de Dios

            ruega por nosotros pecadores

            ahora y en la hora

            de nuestra muerte. Amén

Si así divides el Ave María, te será fácil meditarla sin distracciones durante el rezo del santo Rosario.

Si te admiras con el Ángel, haciéndole hablar por ti, poco a poco te acostumbrarás a rezar admirándote en este parte del Ave María.

Y junto con santa Isabel, quien, al darse cuenta de que María lleva al Hijo de Dios en su seno, brota de su alma la más cariñosa felicitación: “Bendita tú…”. Reza tú también, así con admiración, glorificando a la Virgen: y en la felicitación te alegrarás con ella.

La humanidad pecadora reza su petición: Santa tú, ora por nosotros pecadores, ahora, pero más que nada en la hora de nuestra muerte.

Alabanza, felicitación y petición en cada Ave María, es lo que debes procurar en el rezo del santo Rosario.

En los misterios gozosos medita: El Ángel viene a la Virgen para anunciarle que tendrá un Hijo que será el Hijo de Dios. ¡Míralo! ¡Óyele hablar! Otra imagen: Isabel y la Virgen se encuentran. La primera dice su felicitación, y la Virgen luego canta su magnificat. Entonces tú también canta: ¡Bendita tú…! Entre lo temporal y eterno, están el Ángel, la Virgen e Isabel juntos.

En los misterios dolorosos tenemos el Gólgota. Isabel no estaba en el Gólgota; tampoco se ve al Ángel. Pero imagínate al Ángel junto a María al pie de la cruz, donde le reza su admiración. ¡Dios te salve! llena de gracia, que estás cooperando en la salvación del mundo. El Señor está aquí contigo. Él es tu fuerza, tu gracia. ¡Admira a la Virgen dolorosa!

Isabel la felicita: Bendita tú, segunda Eva, junto al segundo Adán que se sacrifica para dar la vida a la humanidad. La felicita como a una mártir: Bendita tú entre las mujeres. Sólo tú, la Madre del que sufre la crucifixión por nuestra salvación.

Reza el coro del mundo mirando a Jesús en la flagelación, la coronación de espinas y en la crucifixión: Ruega Madre mía por nosotros pecadores, los culpables.

Misterios gloriosos. Resurrección y Pentecostés. Y ¿dónde poner al Ángel e Isabel? Pero, allí está el Ángel y dice muy admirado, ahora más que nunca: ¡llena eres de gracia! E Isabel la felicita: ¡Bendita tú, Reina de los Apóstoles!

María, el Ángel, Isabel y la humanidad suplicante, siempre están en todos los misterios. ¡Míralos, escúchalos, reza con ellos en esta oración tripartita!

LA BIBLIA

“Voy a visitar a un sacerdote amigo. Todavía no está encasa. Debo esperar un rato. Me abren la puerta a su biblioteca. Entro.

 Las paredes casi desaparecen detrás de los estantes con la multitud de libros. Sé que cada uno de ellos es obra cuidadosamente escogida y de gran valor. Pero entre todos ellos hay uno que desde el primer momento cautiva mi atención. No se encuentra entre los demás en los estantes. Tiene un sitio especial, en el centro de la pieza.

Se halla sobre una mesa redonda cubierta de paño color verde oscuro. Es un libro muy grande y abultado. En su tapa de color rojo subido, ostenta unas letras de metal dorado que anuncia el título del libro: LA BIBLIA.

 La mirada queda fascinada. Bebe y saborea las palabras “La Biblia”. Luminosa satisfacción inunda y alegra mi alma. He ahí el libro por excelencia; ¡el Libro Rey! El tesoro, la honra y gloria de toda biblioteca. Una biblioteca sin Biblia parece un organismo sin cabeza. Porque en este libro de los libros se hallan “todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2,3).

Con plena razón le pertenece a este libro el sitio de honor. No debe estar simplemente como libro entre libros, como autor entre autores. Porque no es un libro como los demás, ni es su autor como los otros. Es el libro totalmente distinto de cuantos jamás se hayan escrito, distinto por su origen, su contenido, su finalidad, distinto por su valor y espíritu, distinto por toda su naturaleza. Es libro divino, es obra del mismo Dios.

Tiene este libro dos autores, uno humano, y el otro, el principal, es Dios. Es suya la voz que habla desde estas páginas, es la voz y palabra de aquél que habló desde la mole del Sinaí y desde la cumbre del Monte de las Bienaventuranzas. De estas páginas brota el eterno mensaje de verdad y de vida, de caridad y de perdón, de paz y salvación. Al oído del lector creyente llega desde estas páginas la advertencia que resonó de la zarza ardiendo: “el lugar en que estás es tierra sagrada” (Ex 3,5). En verdad, donde leemos la santa Biblia, allí es tierra santa, porque allí nos habla el Dios Santísimo, el Dios de los patriarcas, profetas y apóstoles.

Siento ganas de caer de rodillas ante el Libro Divino. Me acuerdo de que Olier, el Oratoriano, tenía en su cuarto algo así como un trono en el cual descansaba la Sagrada Biblia. Y jamás entró sin arrodillarse por unos instantes, para adorar a Dios, al Dios santísimo, presente en su santísima Palabra.

Dios habla a los que vienen a Él con la debida disposición. Habla a quien se acerca a este libro con la fe de Moisés que sube a la altura del Sinaí, ansioso de conocer la voluntad del Señor y al mismo Señor. Dios enseña a quien lee en este libro con la confiada esperanza de Nicodemo que busca el mensaje de la verdad, preguntando al Verbo Divino en el silencio de la noche. Dios se revela a quien escudriña este libro con la caridad ardiente de San Juan que recibió la revelación de maravillas divinas en la soledad del Patmos.

“He aquí que vienen días -oráculo del Señor Yahvéh- en que yo mandaré hambre a la tierra, mas no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Yahvéh” (Amós 8,11). “Bienaventurado los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt 5,6).

¿Tienes tú esta hambre? ¿Sientes esta sed? Las siguientes hojas pueden despertarlas en ti, o hacerlas más intensas. Entonces también tú te arrodillarás ante la Biblia, pidiendo a Dios con fervor y ansias: “Habla, que tu siervo escucha” (1Sam 3,10)”.

(Mons. Federico Kaiser MSC, Prólogo de “Te llama la Biblia”)

COMUNIÓN ESPIRITUAL

“Jesús, nuestro Amigo y Salvador, creemos firmemente en tu presencia real y verdadera en el Santísimo Sacramento del Altar. Tú eres el alimento de tu propia Vida divina, de la cual nos has hecho partícipes en el bautismo.

Te amamos, y queremos amarte con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas.

Tú has dicho: “Mi Carne es verdadera comida”. Mira, Jesús, que tenemos hambre de Ti. Nos aseguras: “Mi Sangre es verdadera bebida”; recuerda, Jesús, que tenemos sed de Ti. Ardientemente deseamos recibirte.

Pero no podemos ahora comulgar sacramentalmente.

Déjanos, Jesús, recibirte a lo menos, en espíritu y amor. ¡Ven a nosotras, Jesús! Aplaca nuestra hambre y sed de Ti. Entra en nuestra alma. Aumenta en nosotras tu Vida divina, vida santa, vida de inmenso amor. Que cada una de nosotras sea para Ti un tabernáculo, morada de tu encanto y delicias, ahora y por siempre. Amén”

(Mons. Federico Kaiser MSC, 1961)

“SANTA ROSA GIGANTE DE FE Y VOLCÁN DE CARIDAD”

“Quien en el mundo católico y no católico sepa algo y tal vez muy poco de Santa Rosa, sabrá que ella es el modelo más luminoso de una vida de imitación de Cristo crucificado. ¡Gigante de fe, volcán de caridad! Enamorada de Cristo Crucificado.

Ella no pensó en llevar la Santa Cruz al museo.  En su vida, en su mente, en su alma y corazón estaba plantada la Cruz de Cristo.  Él hizo de ella la grande penitente admirable por su fe.  Porque la fe tiene por alma la caridad.  Quien no tenga una fe roqueña y gigante, tampoco no entiende la caridad gigante y tan volcánica como la que irrumpe en la vida de santa Rosa. ¡Fe es lo decisivo!

Y esta fe enseña que la humanidad es una y que estamos todos unidos por los lazos de cierto y auténtico parentesco y más unidos todos por vínculos sacratísimos que Cristo Jesús, en el misterio del bautismo, ha establecido entre todos los bautizados. Somos solidariamente responsables de la culpa y el pecado del mundo.

Ella, alma de fe sabía de esta unión y unidad que existe, y con esto la responsabilidad solidaria de todos, de todos por cada uno. En una de sus cartas leemos: “Quisiera decirle que cargo con toda la culpa de usted”.  He aquí la mentalidad tan generosa: Cargo yo con toda la culpa de usted. ¿Podía hacerlo? Claro que sí.  Jesús sigue redimiendo al mundo. Lo dice San Pablo a los Colosenses: “Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (1,24), porque en su Cuerpo glorioso ya no puede sufrir, lo puede en su Cuerpo Místico.

Santa Rosa nos da la lección, la intérprete de la Palabra y Voluntad de Dios. Gigante en la fe. Volcán en la Caridad.  El mundo necesita de almas generosas.

(De un Sermón de Mons. Federico Kaiser del 30 de agosto de 1971)

PROGRAMA DE VIDA CRISTIANA

El Siervo de Dios, Mons. Federico Kaiser MSC, cuando enseñaba en los colegios de Lima, daba un Programa de Vida cristiana a sus estudiantes. 

Un programa muy válido también hoy y adapto para todo buen cristiano.