Una santa semana de misiones en san Juan de Lucanas

 

¡Grande alegría! Nos informan que varias Profesas irían de misiones durante la Semana Santa. Apoyaríamos en la Prelatura de Caravelí. Todas esperaban con ansias oír sus nombres. Quedaba por anunciar el último grupo y… ¡bendito sea Dios! Estaban los nuestros. Iríamos a Saisa en la provincia de Lucanas.

Teníamos mucha ilusión, pues estaríamos en lugares donde Nuestro Padre Fundador otrora, había dejado sus huellas. Dios dispuso las cosas de tal manera que no llegamos a Saisa, sino a san Juan. La Providencia guió esta misión, de tal manera que podemos decir: Realmente fueron unas misiones especiales.

Salimos de Caravelí el sábado muy temprano, pero por contratiempos en el viaje, no llegamos ese día a san Juan teniendo que pernoctar en Lucanas, donde a pesar del intenso frío pudimos percibir la calurosa acogida del párroco, el Rvdo. P. John y de los fieles de la parroquia. Al día siguiente participamos con ellos de la procesión de Ramos y antes del mediodía estábamos por fin en nuestro destino: San Juan. Gracias a Dios la procesión estaba programada para la tarde. No pudimos lograr mucha participación aquel día.

A la mañana siguiente, muy temprano visitamos la escuela, el colegio y el jardín de infancia. Teníamos que hacerles comprender que ésta era una Semana especial: Estábamos en la Semana Santa. Y los dos años de pandemia precedentes, no tendrían que haber enfriado su fe. Cada tarde teníamos catequesis con jóvenes y niños. M. Zarela ensayaba con los jóvenes los cantos, pues formarían el Coro. Estaban felices. Fueron ellos los que tuvieron parte muy activa en estas misiones, podíamos contar con su ayuda incondicional en los actos litúrgicos, en los cantos y Lecturas, como también en las procesiones y aún más en la limpieza y el ornato del Templo. Uno de ellos: Ever que antes había sido monaguillo, volvió a sus funciones. Todos estaban muy entusiasmados. Por su parte, los más pequeños, aprendieron también algunos cantos. Estaban ansiosos de aprender a rezar y también de que la Madre les enseñe un nuevo juego. A más de 3000 msnm la actividad física les viene muy bien. Ellos son felices a pesar de que el frío intenso ha dejado marcados sus rostros. Todo el tiempo restante lo empleábamos para las Visitas a domicilio. Allí se podía palpar el hambre que la gente tiene de Dios, las ansias de su misericordia y la conciencia de haberle ofendido. Muy conmovedora fue la actitud de una anciana. Con los ojos llenos de lágrimas no dejaba de besar y pedir perdón al Crucificado por haberle ofendido. No tenía reparo en poner al descubierto todo lo malo que había hecho en su vida, a pesar que le decíamos que lo haga en la Confesión. Lamentablemente estaba por viajar y no pudo confesarse. Con toda seguridad que la gracia y la misericordia de Dios actuó en ella. Su contrición era perfecta.

Los días pasaban muy rápido. El Miércoles Santo solían hacer la Procesión del encuentro. Pero se temía que no se llevase a cabo ya que por la pandemia no se habían nombrado mayordomos. Entonces recurrimos a nuestros jóvenes. Si los adultos no hacían la procesión, ellos les iban a demostrar que sus costumbres y su fe no se habían extinguido. Gracias a Dios los adultos respondieron, por la tarde acudieron al armado de las andas y por la noche muchos acompañaron en la procesión. Por un lado, los varones llevaban la pesada anda de Cristo por la erguida pendiente y por otra calle, las mujeres con el anda de la Virgen.

Al día siguiente, Jueves Santo, iniciaba el solemne triduo Pascual. Llegó el Sacerdote, y antes de celebrar la Santa Misa, la gente pudo confesarse. Se realizó el significativo Lavatorio de los pies y luego el Traslado del Santísimo Sacramento. Habíamos organizado la Adoración por turnos. Primero los niños, luego los jóvenes y por último los adultos. Una hora cada grupo. Realmente presenciamos una respuesta que no esperábamos. Allí estaban los pequeñitos de la catequesis, haciendo su venia profunda ante el Santísimo, todos muy ordenaditos. Y acompañaron al Señor ¡toda la hora! entre cantos, oraciones, peticiones y alabanzas. Al hacer sus peticiones con sus ojitos cerrados, se podía ver la pureza y la inocencia de sus almas. Luego siguieron los jóvenes, que no querían dejarse ganar por los más pequeños. Y por último, los adultos, hasta la medianoche. También a ellos les guiábamos en la oración con textos de adoración, reflexiones, meditaciones según la hora y los acontecimientos que Nuestro Señor estaba atravesando. Jesús Sacramentado no estuvo sólo en la santa Noche, muchos acudieron a Él para acompañarle.

Para el Viernes Santo habíamos preparado el rezo del Vía Crucis. La gente no acostumbra rezarlo porque se concentran en el armado del Calvario para la desclavación, así que, con nuestros jóvenes y niños, rezamos por las calles el Vía Crucis a las tres de la tarde. Algunos que nos veían se iban uniendo en la oración. Entre tanto la gente preparaba el llamado Calvario. En el presbiterio y delante del Altar despojado colocan una grande tela negra que pende desde lo alto. Delante la cruz, en medio de grandes ramas de eucalipto.

Por la noche tuvimos la Celebración de la Pasión del Señor. Durante la Adoración de la Cruz, ellos suelen avanzar de rodillas, de dos en dos, por el centro del Templo, hasta llegar a la Cruz, se postran, adoran y luego retroceden de rodillas sin dar la espalda.  No pocos, fueron los que se acercaron a realizar este acto penitencial. Después de la Comunión ingresaron los Santos Varones vestidos de blanco. El Templo estaba a oscuras. Al llegar al Calvario hacían estremecer las ramas. Uno de ellos subió por una escalera hasta la Cruz y con mucha unción iba retirando del Cuerpo de Nuestro Señor, la corona de espinas y los clavos, los presentaba al pueblo y luego a la Virgen Dolorosa. No se atreven ni siquiera a tocar los sagrados objetos, todo lo hacen con unos paños blancos. Hasta que al fin, entre lienzos blancos descienden el Cuerpo del Señor, que después de presentárselo a la Virgen Dolorosa lo colocan en el Sepulcro. Entonces comienza la Procesión por las calles, que no son nada planas, al contrario, todas en declive. El frío en estos días se ha intensificado a medida que la luna se deja ver en todo su esplendor. Acompañaron la procesión, adultos, jóvenes y niños. Al terminar, el sepulcro queda en el Templo y el mayordomo suele invitar a todos a compartir una mazamorra. Es su costumbre. Muchos habían ayunado todo el día.

El sábado muy temprano, a pesar de que la helada había dejado como señal los pastos escarchados, estaban nuestros niños y jóvenes muy dispuestos para arreglar el Templo y dejar todo muy limpio, pues deberíamos preparar la Vigilia Pascual. Habían traído flores. Parece increíble, pero hasta la naturaleza manifiesta la Resurrección del Señor. Por todos lados se ven en los cerros flores amarillas. Debíamos actuar con prisa ya que este día se realizarían tres Misas de difuntos. Al parecer, sin darse cuenta en la coincidencia de fechas estas Misas estaban aceptadas desde hacía tiempo atrás. Así que vendría el Sacerdote. Cerca de media mañana estaba todo listo.

La última Misa terminó cerca de las 2 pm. Nuestros niños y jóvenes fielmente estuvieron todo el tiempo, ayudando con los cantos, lecturas, acolitando y acompañándonos hasta el cementerio. Se sentían importantes de ser el resguardo de la Madre. Al finalizar la última Misa, los deudos nos invitaron a almorzar, pero les dijimos que somos un solo grupo: Las Madres, el coro y los niños de la catequesis. Los familiares aceptaron. Al llegar a la casa nos ubicaron en un lugar especial con todas las atenciones. Nuestros acompañantes eran los más felices, pues se sentían muy importantes. Y qué decir nosotras, gozábamos de verlos tan contentos.

Cerca de las 7 pm estábamos viendo lo último para dar inicio a la Vigilia Pascual en el atrio del Templo. No esperábamos mucha afluencia, porque además que la gente no acostumbra celebrar la Vigilia, por la mañana se habían celebrado tres Misas y todas con mucha concurrencia. Sin embargo, la gente asistió. A medida que la Luz de Cristo resplandecía, iban desapareciendo de ellos la timidez e incertidumbre de la oscuridad que había a su alrededor. Comenzaba a brillar en sus rostros la alegría del Resucitado. Al llegar al Altar, todas las luces se encendieron, y el Templo dentro de su pobreza y sencillez lucía muy adornado. Nuevamente, como lo quería Nuestro Padre Fundador, la Luz de Cristo brillaba en las serranías. Brillaba en las almas de aquellos que supieron vivir esta Semana Santa. Esa noche muchos se acercaron a la Comunión. Al final no faltaron los momentos de alegría y los saludos de Pascua de Resurrección. Como tampoco el compartir con chocolatada y bizcochos. El Señor había resucitado en sus vidas.

Al día siguiente, domingo de Pascua, el Sacerdote vendría a media mañana a celebrar la santa Misa y a recogernos. La despedida fue conmovedora. Siempre al acabar una misión la gente y especialmente los niños sienten pena y nostalgia y piden que las Madres vuelvan. Esta vez, los jóvenes cerraron las puertas de la Iglesia y se pusieron a llorar. Entre lágrimas decían: ustedes nos enseñaron la fe y ahora nos dejan. Fue muy triste. Esta frase encerraba una verdad que no podemos negar. Cuánta necesidad tiene el mundo de evangelizadores, cuánta hambre tiene de Dios. Nuevamente resonaba como un eco el pedido que años atrás le hacían por todas partes a Nuestro Padre Fundador.

El Sacerdote les había dicho que no dependía de él que nosotras volviésemos, ya que teníamos una Superiora. Para qué encendió la esperanza. Rápidamente comenzaron a escribir sus cartas, con la seguridad de que su pedido sería atendido.

Salimos de allí con dirección a otro pueblo. Estando en plena Santa Misa, apenas si pude ver a una niña que había venido corriendo desde donde los habíamos dejado, sólo para entregar su carta. Jadeando me dijo: Es para la Madrecita superiora. Estaba convencida que su carta sería leída.

Nuestra misión había terminado, debíamos regresar a nuestro Convento, para continuar allí con otra misión: Rezar por aquellos que fueron iluminados con la luz del Resucitado, por aquellos que aún no lo conocen y también para que siga dando fortaleza, valentía y mucha fe a los que están evangelizando. Las almas están hambrientas de Dios. Las restricciones de la pandemia no han apagado la fe. Dios puede hacer, por quienes Él envía, que ésta resplandezca más intensamente. Esto lo hemos experimentado en estos pocos días en san Juan, por eso: Realmente éstas fueron unas misiones especiales.

Madre Crescencia MJVV y Madre Zarela MJVV

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