Tercer Domingo de Cuaresma

  • Evangelio según san Lucas 13, 1-9

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús contestó:

—«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».

Y les dijo esta parábola:

—«Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

“Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”.

Pero el viñador contestó:

“Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas».

Mons. Kaiser comenta las tres lecturas que este domingo la Iglesia nos propone:

La Cuaresma es un tiempo de renovación, de aumento de fervor. En las lecturas la Santa Madre Iglesia amonesta a sus hijos, insiste que sigan con fervor hasta el último día de la Cuaresma, que el amor se mantenga, que crezca estos 40 días.

En la primera lectura del Éxodo: Los israelitas en la esclavitud fueron liberados a la luz de los grandes hechos y grandezas de Dios. Libres del faraón, libres de la esclavitud, protegidos todos ellos por Dios en la nube. Sabían ellos que Dios estaba presente y luchaba con ellos. Salvados de la esclavitud por Dios, todos ellos pasaron por el Mar Rojo como aguas salvadoras que nos hace pensar en el bautismo. Y, todos bebieron la misma bebida espiritual, es decir, la Palabra que Moisés anunció a su pueblo. Todos han comido el Maná, el pan del cielo.  Así,  salvados, triunfantes, están de camino hacia la Tierra Santa. Tendrán autonomía, serán una nación Consagrada a Yahvéh, Vendrá por esta nación el Mesías. Ellos mismos se decían: “ Somos Israel de Dios, ¡nosotros los salvados!. Así se lee en esta lectura. “Voy a bajar a librarlos de los egipcios a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa que mana leche y miel”

En la segunda lectura: San Pablo en su segunda carta a los Corintios medita al respecto: “Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, prefigurando una realidad de la cual estos hechos bíblicos eran nada más que sombra y figura. Esto sucedió para que nosotros no codiciemos el mal como lo hicieron nuestros padres. Todos estuvieron bajo la nube, todos atravesaron el mar pasando por aquellas aguas salvadoras, todos bebieron la misma bebida espiritual, todos comieron el maná, pero, la mayoría de ellos no agradaron a Dios” ¿Cómo no eran hijos de Abraham? Lo eran, pero, sus acciones estaban lejos de ser gratas a Dios. Toda una generación que triunfó, que vio los prodigios de Dios, sin embargo, ¡una generación incrédula! quedaron muertos en el desierto. Ninguno de ellos entró en la Tierra Santa.  Toda la generación de adultos que habían pecado, vagó 40 años en el desierto, ¿Pero, si Dios los había salvado? ¿Tenían ya seguridad? Tenían que cooperar con Dios para alcanzar la salvación definitiva.

Dice Jesús en el Evangelio a aquellos que le hablan de los asesinatos a los galileos: Puede sobrevenir un castigo peor. No piensen que esos galileos eran más pecadores que los otros galileos. Y, en cuanto a la desgracia de la torre que se cayó y mató a muchos en Jerusalén. ¡Oigan bien! Todos. Sean galileos o judíos o cristianos, todos necesitamos conversión. Necesitamos convertirnos hasta la última hora que estamos en la tierra.

Tomemos en serio la Palabra de Cristo. Nuestro mundo actual no comprende esta Palabra. Acabamos de escuchar que la mayoría no agradó a Dios. ¿Hoy también no será la mayoría? Sí, en países enteros donde hay una mayoría católica, sólo el 30 % o tal vez menos cumple la santificación del domingo y del matrimonio. La mayoría vive peor que el pagano santo que cumple la ley de Dios que está inscrita en sus corazones. De aquellos que sin ser bautizados cumplen lo que su conciencia les dice. Muchos Católicos viven ofendiendo a Dios, domingo por domingo y día por día con pecados mortales.  El Dios de la verdad,  por medio de la Iglesia, nos dice la verdad: ¡Debemos Convertirnos! Si no nos convertimos durante toda la vida, día por día hasta el fin, pereceremos”. ¡Convirtámonos y viviremos!  Amén.

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