Segundo Domingo de Cuaresma

«Éste es mi Hijo amado; escúchenlo».

Lc 9, 28-36: En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.

De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo revestidos de gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían de sueño; pero permanecieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:

— «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Haremos tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:

— «Éste es mi Hijo, mi elegido; escúchenlo».

Cuando se oyó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.”

Comentando este pasaje evangélico nos dice Mons. Federico Kaiser:

El Evangelio nos presenta a Cristo en su Transfiguración. Los apóstoles le habían escuchado dos días antes: “Iré a Jerusalén, me van a tomar preso, se burlarán de mí, me matarán, pero, al tercer día resucitaré”. El Señor revelaba a sus Apóstoles que Él, el Ungido de Dios, el Mesías esperado de Israel, distaba lejos de ser el Mesías político que ellos se imaginaban. Él, en vez de imponerse triunfante sobre sus enemigos, debía «sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día» (Lc 9, 22). Los apóstoles se han quedado con el pensamiento de la muerte y sufrimiento de Jesús. Pedro le dice: “Señor, de ninguna manera, esto no puede pasarte”. Jesús quería ensenarles que para llegar a la Gloria es necesaria la Cruz.

Hoy en esta hora de Tabor, Cristo ilumina y conforta a sus apóstoles:  Iré a la pasión, pero, lo importante es la Resurrección. Para ella voy a ser humillado. Y los apóstoles son testigos de esta transfiguración “su rostro radiante como el sol y sus vestidos blancos como la nieve”. Los apóstoles son testigos de un pre-resplandor de Cristo resucitado, de Cristo elevado a las alturas de la gloria junto con el  Padre. Son testigos de una voz “Escúchenlo”.  porque es mi Hijo eterno, mi elegido. Esta Palabra: “Escúchenlo” no es un consejo sino un sagrado mandato.

Hoy esta voz resuena para nosotros:  “Escúchenlo”, con esto comienza la vida de religión.

Primero es, escuchar la Palabra de Dios, de Cristo. ¿Escuchamos a Cristo? Podemos constatarlo cada uno en su propia alma. Si escuchamos con inteligencia, es decir, atentamente y no solo dejándome impresionar, sino actuando y escuchando con atención haciendo uso de la inteligencia que se me ha dado para escuchar a Dios mi creador. Escuchar atentamente quiere decir, reflexionar, buscar la verdad.

Lo segundo es escuchar con voluntad, con amor, que es la actuación de mi voluntad. Nadie escucha a quien no ama. Debo también hacer entrar algo de  la alegría que Cristo causa en su Transfiguración. Èl está alegrando y animando. Que en nuestras almas haya algo de la alegría que a Pedro lo deja totalmente ofuscado por ser demasiado grande.

Podemos preguntarnos: ¿Escuchamos nosotros con algo de alegría los textos de la Sagrada Biblia? Los sagrados textos litúrgicos es el medio principal por el cual Dios nos habla y nos enseña. ¿escuchamos con atención, con afecto y alegría? ¿Tratamos por lo menos escuchar con Voluntad? Esto es indispensable. Estos 40 días es un retiro cuaresmal. Lo primero es “escuchar” porque debemos llegara a orar. Entonces, sí estoy en trato asiduo con Dios. ¿De qué me sirve que Dios me hable si yo no le contesto nada y no le doy respuesta? Si usted habla a otra persona, esta le contesta. Pero,  temo que a Dios no escuchan. Muchas veces no hay respuesta. No han escuchado. No han cumplido el grito de lo alto: “Escúchenlo”.

De escuchar al Hijo de Dios depende nuestra conducta en la vida, nuestra santificación y nuestra salvación. Pero, se debe escuchar. Si escuchan es espontanea la respuesta, es inevitable el verdadero diálogo entre Dios y yo.

En la oración hay un verdadero diálogo, hay un intercambio y el que se enriquece es el mismo hombre. Dios es el dueño de todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Entonces aquí es inevitable la vida de oración. Y a esto va el sermón de hoy, a que lleguemos a vivir una vida de mucha oración. Este tiempo de cuaresma es un tiempo de mucha oración.  Quien no reza no se santifica, no cree, no cultiva su fe, es uno que va a la perdición. La oración es garantía de salvación, de santificación. Escuchemos a Dios con atención, con afecto, con alegría. Usted no puede escuchar sin amar a Aquel que le amó a usted primero. Dios nos habla, comencemos a ser cristianos muy distintos a lo que es ser caricatura de cristiano.

Hermanos Dios nos manda “escuchar” a Cristo, seguir a Cristo. Él es el que habla en la Biblia. Él es quien habla a su corazón, inspirando, llamando y entonces llegará a la oración. “Dime con quién andas yo te diré quién eres” . Si andas en la presencia de Dios, entonces usted será alma de oración y eso basta para mantener la vida anticipada de la Vida Eterna. Como Cristo nos hace ver una pre-gloria un pre-resplandor de la eternidad. La Cuaresma es tiempo de oración. El diálogo, trato íntimo y asiduo con Dios es lo que queremos lograr en esta sagrada cuaresma. Amén

Querido hermanos, si bien estamos invitados a la gloria, no podemos olvidar que el camino para alcanzarla necesariamente pasa por la cruz. Tampoco podemos olvidar en nuestro duro combate de la vida, que «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8, 18). Así, pues, no temas tomar tu cruz cada día y seguir y escuchar  fielmente a Jesús, confiado en la promesa que Él nos hace de hacernos partícipes de su misma gloria si hacemos lo que Él nos dice.

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