Mi Madre, “mi primera y gran maestra de Religión”

El pequeño Fritz, como le llamaban cariñosamente, conoció muy de cerca la misión sacerdotal cuando semana a semana veía al Sacerdote venir a casa, detenerse a rezarle a la abuelita enferma, darle la comunión y ungirla.

Entonces en su almita nació el deseo de ser sacerdote. Esto le llevó a observar detenidamente al sacerdote. Descubrió que en la cabeza del sacerdote brillaba algo así como una moneda.

Un día preguntó a su madre qué era aquello que tenía el sacerdote en la cima de su cabeza.

La madre apurada no sabía qué decirle y  le dijo simplemente que aquello lo tenían todos los sacerdotes. Comprendió que si eso lo tenían todos los sacerdotes y si él quería ser sacerdote entonces también él debía tener eso en la cabeza. Así que buscó un rinconcito de la habitación y se puso a buscar en su cabecita aquello que todos los sacerdotes tienen y qué decepción, él tenía toda la cabecita poblada de cabello. Siendo adolescente reveló a su madre el deseo de consagrarse a Dios mediante la vocación sacerdotal y riendo recordaban su primer gran problema en la historia de su vocación.

En realidad no le fue nada fácil llegar a realizar su vocación a causa de su salud frágil a consecuencia del estrago de la primera guerra mundial. Pero siempre tuvo a su lado a su madre quien le animaba a seguir adelante a pesar de las dificultades.

La madre murió antes de recibir la ordenación sacerdotal pero el Padre Federico  Kaiser sabía muy bien cuánto debía a su querida mamá, decía “yo no vestiría ahora la sotana negra si mi madre no llevara la mortaja blanca”.

Con toda razón  llamaba a su madre  “mi primera y gran  maestra de religión”. De ella aprendió el amor a Dios traducido en las obras tanto grandes como pequeñas.  Con toda seguridad podemos decir que las mamás son los instrumentos de Dios no sólo para darnos la vida física sino más aún la vida del espíritu.

A Dios le decimos: Oh, Dios, tú que conoces el corazón de las madres, recompensa  su entrega, sus trabajos y fatigas con  aquella corona inmarcesible que Tú has prometido.

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