La gloria solamente para Dios

“HOMENAJE A LAS MISIONERAS DE JESÚS VERBO Y VÍCTIMA

¿Qué puedo contar sobre estas Misioneras peruanas que trabajan en esos lugares perdidos de América del Sur?  Para mí, fueron momentos muy duros cuando me despedí de ellas.  Duros en el sentido de que, mirándote fijamente a los ojos, te dicen “GRACIAS”, te dan la mano y mantienen la tuya un momento entre las suyas.  Para mí eran momentos en que la gratitud de estas Religiosas afloraban con esa espontaneidad de una verdad que ellas en realidad la sentían, y que uno se siente realmente feliz porque se ve en ese apretón de manos un sincero gracias de personas verdaderamente agradecidas.  De mi parte, puedo decir que te sientes recíprocamente agradecido porque te dicen que rezarán por ti, y uno sabe que es así, que ellas lo harán, pues con sus palabras te desean lo mejor, que seas un buen Sacerdote en toda la extensión de la palabra.  Y tú, ¿cómo te quedas?  Te sientes sobrecogido, triste, impotente, superado por las circunstancias. Algo en ti te dice que quizá no vuelvas a verlas, y deseas ardientemente que no sea así, que cuánto desearías poder aprender de ellas un día más, que vuelvas a ver en sus rostros llenos de alegría el Amor mismo de Jesucristo a los más pobres e indefensos. Créeme que el sólo verlas, tratar con ellas, hablar con ellas, te acerca a Dios.

Me cuesta describir lo que sentí al despedirme de las Madres Misioneras de Jesús Verbo y Víctima. Se me avecinaban muchas emociones y sentimientos. Quizá lo más acertado sería decir que te embarga un profundo agradecimiento. Un sentimiento de gratitud por el trato que te han dispensado, y sobre todo una gratitud por la labor que hacen por las almas de estas gentes alejadas del mundo, allí donde no hay sacerdote y donde sólo ellas pueden dar testimonio de la Buena Noticia, de la alegría y felicidad de vivir al amparo y protección de la Virgen María y de Jesús.  Todo esto te hace mirar atrás a través del cristal de la camioneta y ver a tantos niños, a tantas mujeres reunidas, y a las Madres, sonrientes como siempre, aunque esta vez sus bendiciones van acompañadas de dolor de la despedida.

Ahí los dejamos a todos.  A todos.  Quedaron atrás.  Nosotros nos vamos hoy, día 17, primero a Unanue y después a España.  Y aunque estuviéramos tres meses más, un año más, siempre llegaría la parada: “España”, y nos iríamos.  En cambio, ellas no.  Ellas seguirán aquí un día, y otro, y otro. Para ellas no  hay otra parada.  Sólo alguna u otra vez alguien viene a ayudarlas, a darles un apoyo, aunque por breve tiempo.  Pero ellas seguirán aquí, volvamos o no volvamos. Por eso son grandes y santas, porque trabajan con el mismo Amor un día tras otro y un año tras otro.  Únicamente dedicadas a servir a los demás.  Esa es su vida.

Y al pensar esto, me pregunto: ¿cuánta gente en España dedicaría toda su vida a ayudar a los demás? Significa trabajar movido por el amor, ante las dificultades, en medio de esta pobreza toda su vida. Eso, se entiende, sólo por Dios.  Y cuando uno trata con ellas, se da cuenta, de verdad siente, uno percibe esa paz interior que las llena, esa santidad, esa gracia.

Pude experimentar que entre esa gente pobre, buena, piadosa, también hay no buena, ingrata, egoísta, materialista. Me comentaba una de las Madres: “Cuando por Navidad repartimos juguetes para los niños que asisten a la catequesis, tenemos que soportar de parte de los padres de los niños que no asisten, insultos, quejas, críticas, murmuraciones. Esta pobreza espiritual es la que más nos preocupa.  En general esta gente vive rodeada de gran pobreza material, por eso nadie del lugar quiere ser padrino del hijo de los del mismo lugar, porque teme que le quiten un trozo de tierra, que el ahijado exija parte de una herencia, que tengan que hacer regalos …”.

Y a esa gente que las insulta, que vive al límite de la supervivencia, que se animaliza bajo el yugo inclemente de la pobreza, a esas gentes, en medio de este tétrico escenario las siguen tratando estas Religiosas, siguen rezando por ellas, se dedican con todo su amor a ayudarles, a preocuparse por ellas, a asistirles, a formarles.

Y en cuanto a nosotros, los Voluntarios, un servidor se hizo un esguince y las Madres le aplicaron una inyección, le pusieron crema, le vendaron, le cambiaron, le trajeron un bastón, y le preguntaron mil veces si se sentía bien.  También le rogaron. “Por favor, cuídese”.  Y en el sentido momento de la despedida, tomaron entre sus manos la suya y le dijeron: “Gracias. Rezaré por usted”.

Pero antes de aquello, ¡cuánto habían hecho! Nos tenían preparado camas, comida, agua, todo.  Habían reservado lo mejor que tenían para nosotros.  Un compañero se puso enfermo y estuvieron una mañana entera pasando cada cinco minutos para preguntarle por su estado.  Así son ellas.

Este es un pequeño homenaje a esta Congregación de Madres Misioneras de Jesús Verbo y Víctima y a su Fundador Monseñor Federico Kaiser Depel, primer Obispo-Prelado de Caravelí, Dpto. de Arequipa–Perú (1958-1971), por esa hermosa labor que realizan estas Misioneras, con las que llevamos trabajando en la sierra en los tres años que hemos venido al Perú.  Años en que no han dejado de sorprendernos con sus detalles de caridad, de bondad y de amor.  Cierto que ellas merecen mucho más, pero el mayor reconocimiento, el mayor tesoro, lo están acumulando en el Cielo.  ¡Gracias, Madres, por su bello carisma!  ¡Dios las bendiga!”.

 

José María Escandell

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